|
Programa
de Estudios, 2° Semestre, Licenciatura en Educación Física/Lectura
de apoyo/
Las actividades
físicas cooperativas.
Una propuesta para la formación en valores
a través de la educación física en las escuelas
de educación básica
Carlos Velázquez Callado
Capítulo
1. Educando en valores desde la educación física
Los valores y las actitudes en la educación: consideraciones iniciales
Vivimos en un mundo cambiante donde los referentes éticos y morales, es decir,
los valores socialmente dominantes tienden a variar y a modificarse
creando, en muchas ocasiones, contradicciones de difícil resolución.
La escuela, como reflejo de la sociedad de la que forma parte, no
es ajena a estos cambios y así, dentro de este contexto, en los
últimos años uno de los paradigmas de debate en torno a la educación
ha estado centrado en el ámbito axiológico. Los valores, o más bien
la educación en valores, se ha erigido como un núcleo de análisis
y discusión desde un universo heterogéneo de planteamientos (Ruiz,
2003).
Los valores hacen referencia a modelos ideales de actuar y de existir que el
ser humano aprecia, desea y busca, y a través de los cuales interpreta
el mundo y da significado a su existencia (González Lucini, 1990;
Ortega, Mínguez y Gil, 1996). Debido a su consideración de ideal,
de algo a lo que se tiende, poseen una naturaleza abstracta e intangible
y sólo se hacen explícitos a través de las conductas o los modos
de comportarse que manifiesta una persona ante determinadas situaciones.
En este sentido, la tendencia (o predisposición aprendida) a comportarse
de una manera ante determinadas realidades vividas: problemas, ideas,
situaciones, personas o acontecimientos, recibe el nombre de actitud
(González Lucini, 1990; Puig, 1993; Ortega, Mínguez y Gil, 1996).
De estas definiciones cabría destacar dos ideas fundamentales:
1.
Los valores y las actitudes se aprenden y, por tanto, son educables.
2.
Para evaluar la interiorización de un determinado valor por parte
de una persona es necesario fijarse en las conductas que manifiesta
en diferentes situaciones.
Habría que reseñar también que valores y actitudes no se mantienen independientes
entre sí, sino que forman parte de una estructura, de un sistema
coherente y organizado que guía los principios de acción de la persona.
Una segunda cuestión de relevancia es determinar cómo surgen los valores. Prácticamente,
la totalidad de los autores están de acuerdo en afirmar que la captación
de los valores no se produce a través del intelecto, por el contrario,
responden a la lógica del sentimiento y no únicamente desde un ideal
de justicia sino también desde ideales de felicidad (Puig, 1993).
Desde este punto de vista, el papel y la actitud del docente constituye
el agente más relevante en la transmisión de valores en las ecuelas.
Aspectos como la relación que establece con los alumnos, el clima
de clase que propicia, la metodología utilizada, etcétera, cobran
especial relevancia.
En este sentido, para favorecer una educación en valores en nuestras clases,
nuestro primer paso como docentes debe ir dirigido a explicitar
cuál es nuestra filosofía de vida y cuál es nuestro modelo educativo,
lógicamente derivado de ella. En definitiva, debemos poner de manifiesto
qué valores guían nuestras acciones en la escuela y fuera de ella.
Nosotros nos vamos a situar en el marco de la cultura de paz, marco del que emanan
valores como la solidaridad, la justicia, el respeto, la libertad,
la responsabilidad, la cooperación, la tolerancia, etcétera. Desde
este marco axiológico vamos a plantear una serie de propuestas que
buscan la coherencia entre nuestro pensamiento y nuestras acciones
orientadas a promover entre los alumnos una formación en valores
desde las clases de educación física y, más concretamente, profundizaremos
en el papel que las actividades y metodologías cooperativas pueden
jugar en todo ese proceso.
Cultura de paz, educación para la paz y educación física para la paz
Federico Mayor Zaragoza acuñó, en la Conferencia de Yamoussoukro (Costa de Marfil)
de 1995, por primera vez la expresión cultura de paz para definir
un proceso de transformación de la cultura de guerra, violencia,
imposición y discriminación, en otra cultura comprometida con la
no violencia, el diálogo, el respeto y la solidaridad.
Unos años más tarde, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró al año
2000 “Año Intercional de la Cultura de Paz” y como acto más representativo
podemos destacar la reunión en la sede de la unesco de París, en marzo de 1999, de
algo más de una docena de premios Nobel y su llamamiento a la humanidad
invitándola a crear un movimiento internacional en pro de la cultura
de paz. Este llamado se concretó en el denominado “Manifiesto 2000”,
cuya firma implica el compromiso personal y sincero a:
-
Respetar
la vida y la dignidad de cada persona, sin discriminación ni
prejuicios.
-
Practicar
la no violencia activa, rechazando la violencia en todas sus
formas: física, sexual, psicológica, económica y social, en
particular hacia los más débiles y vulnerables, como los niños
y los adolescentes.
-
Compartir
el tiempo y los recursos materiales, cultivando la generosidad
con el fin de terminar con la exclusión, la injusticia y la
opresión política y económica.
-
Defender
la libertad de expresión y la diversidad cultural, privilegiando
siempre la escucha y el diálogo, sin ceder al fanatismo, ni
a la maledicencia y el rechazo del prójimo.
-
Promover
un consumo responsable y un modo de desarrollo que tenga en
cuenta la importancia de todas las formas de vida y el equilibrio
de los recursos naturales del planeta.
-
Contribuir
al desarrollo de la propia comunidad, propiciando la plena participación
de las mujeres y el respeto de los principios democráticos,
con el fin de crear juntos nuevas formas de solidaridad.
La cultura de paz supone, en definitiva, una nueva forma de concebir el mundo
en que vivimos, la cual, tomando como base la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, se caracteriza por el respeto a la vida
y a la dignidad de cada persona, el rechazo a la violencia en todas
sus formas, la defensa de un conjunto de valores como la libertad,
el respeto o el diálogo y el rechazo activo de otros como la injusticia,
la intolerancia o el racismo; la apuesta por la diversidad cultural
y el interculturalismo como medio de enriquecimiento común, el deseo
de un desarrollo que tenga en cuenta la importancia de todas las
formas de vida y el equilibrio de los recursos naturales del planeta
y, en definitiva, la búsqueda colectiva de un modo de vivir y de
relacionarse que contribuya a construir un mundo más justo y solidario
en beneficio de toda la humanidad (Velázquez, 2001a).
La respuesta educativa a las concepciones filosóficas de la cultura de paz es
lo que se ha denominardo educación para la paz, que puede ser definida
como el proceso, continuo y permanente, de concientización de la
persona y de la sociedad que, partiendo de la concepción positiva
de la paz y del tratamiento creativo del conflicto, tiende a desarrollar
un nuevo tipo de cultura, la cultura de paz, caracterizada por una
triple armonía del ser humano: consigo mismo, con los demás y con
el medio ambiente en el que se desenvuelve (Jares, 1991; Rodríguez,
1995). De esta definición se deriva la necesidad de incidir desde
la educación sobre tres grandes ámbitos interrelacionados: el personal,
el social y el ambiental.
De la interrelación entre los principios de la educación para la paz y las características
específicas de la asignatura de educación física nace una nueva
concepción que hemos denominado educación física para la paz (Velázquez,
1996a, 2001b).
 |
La educación física para la paz trata de descubrir qué puede aportar la asignatura
de educación física a la concepción global de la educación para
la paz; es decir, intenta responder a cuáles son los aspectos de
la educación para la paz que pueden ser trabajados desde la educación
física. En este sentido, teniendo siempre presente la dimensión
interdisciplinar y transversal de la educación para la paz, no se
trata de trabajar absolutamente todo desde la educación física sino
de destacar aquellos elementos en los que ésta, por sus propias
características esenciales, tiende a convertirse en un referente
básico de la educación para la paz. Así, puede ser difícil, por
ejemplo, abordar contenidos relacionados con la educación para el
desarme y, por el contrario, parece un campo de conocimiento privilegiado
para el trabajo de contenidos relacionados con la regulación de
los conflictos, con las relaciones grupales, con las habilidades
sociales, etcétera (Velázquez, 1996a; Velázquez y Fernández, 2002).
La educación física para la paz asume, como veremos más adelante, tanto la definición
de la educación para la paz como los tres ámbitos de intervención
que se derivan de ella, hasta el punto de convertirse en sus ejes
conductores.
Principios de la educación para la paz
La educación para la paz se basa en un conjunto de principios que guían su acción
y que, sintetizando las ideas de diferentes autores (Jares, 1991,
1992, 1995; Rodríguez, 1995, etcétera), podemos resumir en cuatro:
-
Es
un proceso continuo y permanente. Hemos definido la
educación para la paz como un proceso continuo, no sólo como
un fin utópico al que se tiende y que nunca se llega a alcanzar.
Desde esta perspectiva, desde el momento en que una persona
decide reflexionar sobre cómo mejorar su acción docente, hacerla
más democrática para favorecer la participación de sus alumnos
en el proceso educativo, y pone en marcha una serie de acciones
derivadas de su reflexión personal, ya está educando para la
paz.
-
Educa
en valores. Partiendo de que la educación no es un proceso
neutro, la educación para la paz implica explicitar una serie
de valores por los que se aboga y, al mismo tiempo –esto es
lo novedoso–, un rechazo tajante a los anti-valores que se oponen
a aquéllos. Así, no basta con defender la justicia, la solidaridad,
el interculturalismo, la cooperación, la paz..., sino que es
necesario plantear una oposición activa a la violencia, al racismo,
la injusticia, la guerra, la competición desmesurada, etcétera.
De este modo, la pasividad se ve como uno de los factores que
contribuyen a la reproducción del modelo social establecido
y el objetivo de la educación para la paz implica la mejora
progresiva de ese modelo, por lo que no se puede ser pasivo.
-
Emplea
medios acordes con los fines a los que tiende. Ya insistimos
en que la educación para la paz es un proceso; guiado por unos
fines, pero un proceso. Ahora bien, si como hemos visto, la
educación para la paz implica asumir una serie de valores y
rechazar otros, por pura coherencia los medios empleados durante
el proceso deben ser acordes con los ideales que se defienden
ya que, en caso contrario, abandonaríamos ese proceso.
-
Es
una educación desde la acción y para la acción. El punto
de partida de la educación para la paz es la acción. No sirve
de nada el discurso moralista sobre lo que está bien y lo que
está mal, el docente debe predicar con el ejemplo, debe servir
de modelo. ¿Cómo puede un alumno entender lo que es un proceso
democrático en una clase donde todo el proceso de enseñanza
y el de aprendizaje están centrados en el docente? Por otra
parte, el fin último de la educación para la paz es la transformación
social. Lógicamente, no podemos caer en la utopía de que desde
la escuela se va a transformar el mundo, pero sí es posible
generar cambios, algunos incluso muy significativos, en la misma
escuela, como microsistema social que es, e incluso en el entorno
de influencia de la misma. Podemos resumir esta idea en el lema:
“Piensa globalmente, actúa localmente”.
Educando en los principios y valores de la educación para la paz desde el
área de educación física
Si la educación para la paz es una educación en valores, debemos definir un proceso
que, partiendo de hacerlos explícitos, genere acciones educativas
concretas dirigidas a promover su interiorización entre nuestros
alumnos. Ya hemos reseñado que los valores poseen una naturaleza
abstracta e intangible y que sólo se hacen explícitos a través de
las conductas que manifiesta una persona o un grupo social ante
determinadas situaciones, por lo que la educación en valores implica
necesariamente la concreción de éstos en una serie de conductas
que pretendemos que manifiesten los alumnos y en la definición de
una serie de objetivos actitudinales relacionados con dichas conductas.
En este sentido, desde los diferentes ámbitos de intervención docente
reflejados en la definición de educación para la paz expuesta anteriormente,
planteamos una propuesta con objetivos prioritarios que consideramos
necesarios para favorecer el desarrollo personal, social y ambiental
de los alumnos y que presentamos en el siguiente cuadro:
| Ámbito personal |
Ámbito social |
Ámbito ambiental |
|
• Mejorar el autoconcepto y la autoestima que cada alumno tiene de sí mismo.
• Favorecer en los alumnos el autoconocimiento y la aceptación personal.
• Promover
la autonomía de los alumnos al tomar decisiones, y su responsabilidad
en estas acciones.
|
• Mejorar las relaciones de grupo y el clima de clase.
• Aceptar al compañero sin importar su etnia, sexo, condición social, credo
religioso, etcétera.
• Regular autónomamente los conflictos por vías no violentas.
•
Conocer y valorar manifestaciones culturales diferentes de
las propias.
|
• Respetar el medio ambiente.
•
Preocuparse por la conservación y mejora del medio ambiente.
|
Debemos
destacar que los objetivos reflejados pueden ser esos u otros, incluso
pueden ser más o menos. Lo realmente importante es priorizar aquellos
que consideramos fundamentales, destacando la idea de que puedan
ser abarcables en un contexto educativo real y evitando al mismo
tiempo caer en la paradoja, por otra parte frecuentemente extendida
en las escuelas, de plantear una gran cantidad de objetivos que
conlleve no profundizar en ninguno.
La
cuestión ahora es cómo concretar esas actitudes en conductas en
el aula* y cómo hacerlo de forma coherente. Para ello,
parece imprescindible que el docente explicite una serie de líneas
de actuación para incidir en todos y cada uno de los objetivos propuestos.
Líneas de actuación que no sólo afectan a la introducción de un
tipo u otro de actividades sino que tiene que ver con toda la organización
de las clases y que incluso pueden conllevar modificaciones en las
conductas personales del docente. En este sentido podemos señalar,
a modo de ejemplo, posibles líneas de actuación para cada uno de
los objetivos actitudinales definidos con anterioridad:
|
Ámbito personal
|
|
Objetivos
|
Líneas
de actuación
|
|
Mejorar
el autoconcepto y la autoestima que cada alumno tiene de sí
mismo.
|
• Percepción de los logros por parte de los alumnos.
• Empleo del refuerzo positivo.
• Fomento de los comentarios positivos entre los alumnos.
• Reparto en el protagonismo de las clases.
• Introducción de juegos motores y dinámicas
motrices específicas.
|
|
Favorecer en los alumnos el autoconocimiento y la aceptación
personal
|
• Trabajo con propuestas abiertas de actividad motriz.
• Introducción de propuestas motrices planteadas por los propios alumnos.
• Selección libre del nivel de actividad motriz.
• Introducción de actividades grupales cooperativas
con diferentes funciones complementarias.
|
|
Promover la autonomía de los alumnos al tomar decisiones,
y su responsabilidad en estas acciones.
|
• Participación libre y voluntaria de los alumnos en las actividades propuestas
en clase.
• Delegación en los alumnos de una serie de funciones.
• Consenso con los alumnos de las normas básicas de organización y funcionamiento
de las clases.
|
|
Ámbito social
|
|
Objetivos
|
Líneas de actuación
|
| Mejorar las relaciones de grupo y el clima de clase. |
• Fomento de la expresión de sentimientos y de los contactos personales.
• Introducción de actividades motrices que impliquen el cambio constante de
compañero al realizar diferentes tareas o acciones.
• Potenciación de la formación de grupos distintos.
• Participación de los alumnos en las decisiones de clase.
• Introducción de actividades cooperativas orientadas al desarrollo de la capacidad
de trabajo en equipo: desafíos físicos cooperativos.
• Utilización de recompensas colectivas en
función de conductas o logros grupales.
|
| Aceptar al compañero sin importar su etnia,
sexo, condición social, credo religioso, etcétera. |
• Introducción de prácticas motrices propias o representativas de las culturas
minoritarias.
• Refuerzo positivo de los grupos heterogéneos.
• Empleo de un lenguaje no sexista.
• Adaptación de las actividades para los alumnos con discapacidad, con el fin
de integrarlos a la clase.
• Introducción del aprendizaje cooperativo
como metodología básica.
|
| Regular autónomamente los conflictos por vías no violentas. |
• Regulación entre los alumnos de sus propios conflictos.
• Creación en las clases de un espacio para la regulación autónoma de los conflictos.
• Refuerzo positivo de la regulación no violenta
de los conflictos por parte de los alumnos
|
| Conocer
y valorar manifestaciones culturales diferentes de las propias. |
• Empleo de música de otras culturas.
• Introducción de juegos motores o actividades motrices de otros pueblos y
culturas.
• Introducción de propuestas orientadas a
interrelacionar las actividades motrices con el entorno cultural
de procedencia.
|
|
Ámbito ambiental
|
|
Objetivos
|
Líneas de actuación
|
| Respetar el medio ambiente. |
• Práctica de actividades motrices en entornos
naturales o seminaturales. |
| Preocuparse por la conservación y mejora del medio ambiente. |
• Juegos motores y dinámicas motrices específicas
de educación ambiental.
• Utilización de materiales de desecho para la práctica de actividades físicas.
• Transformación de materiales de desecho
en elementos útiles para la práctica de la actividad motriz.
|
De todo lo dicho hasta ahora, debemos destacar la necesidad de trabajar los valores
derivados de la cultura de paz desde un programa global, basado
en la interrelación entre los distintos elementos que lo componen
y, sobre todo, coherente con lo que defiende. Por desgracia, en
nuestras escuelas es habitual la existencia de un proyecto educativo
donde se plasma una serie de ideales que en teoría persigue la escuela
y que se concreta en los proyectos curriculares de las distintas
asignaturas, pero donde las acciones en la práctica resultan a menudo
incoherentes e incluso contradictorias con el modelo defendido.
Algunos ejemplos: ¿cómo podemos pretender que los alumnos regulen
autónomamente sus conflictos si lo habitual es que acudan al profesor
como figura que los dirime?, ¿cómo podemos educar para la ciudadanía
democrática si los alumnos no pueden participar en las decisiones
que les afectan?, ¿cómo podemos educar para la responsabilidad si
las clases se basan en la obediencia indiscutible a la autoridad
centrada en la figura del docente?, ¿cómo pretendemos que los alumnos
trabajen cooperativamente si los docentes no somos capaces de encontrar
en los claustros soluciones de consenso a los problemas que nos
afectan?, ¿cómo promover los valores de la cultura de la paz, si
en ocasiones el profesor de educación física tiene dificultades
para integrarse al colectivo de una escuela?...
Pero lo más preocupante de esta situación no son estas contradicciones, sino
que algunos docentes justifican la educación en valores con el desarrollo
de una unidad didáctica concreta, por ejemplo de juegos cooperativos,
o con la celebración de unas jornadas lúdico-festivas para conmemorar
el Día Escolar de la No violencia y de la Paz o el Día Mundial del
Medio Ambiente. El hecho de que acciones puntuales justifiquen,
total o parcialmente, un proyecto global de educación en valores
impide una verdadera reflexión sobre lo que éste supone y los cambios
necesarios que hay que introducir en la práctica educativa para
que dicho proyecto sea realmente eficaz y nos permita alcanzar los
objetivos programados.
Promoviendo conductas desde la práctica diaria
Si, como hemos visto, los valores son ideas que se concretan en actitudes y éstas
a su vez en conductas, incidir sobre determinados valores implica
favorecer la aparición en nuestras clases de una serie de conductas
asociadas a ellos y reforzarlas hasta convertirlas en algo cotidiano.
En este sentido, podemos integrar en nuestras clases algunas dinámicas
específicas que nos ayuden en este cometido y que se caractericen
por su rentabilidad, entendiendo por tal un alto grado de eficacia
en la relación “tiempo empleado”-“logros conseguidos”.
Una sencilla dinámica de carácter cooperativo que reúne ese requisito de rentabilidad
es la que hemos bautizado con el nombre de “El club de los pequeños
amigos de la naturaleza”. En ella, cada niño lleva un lazo blanco
y elige el nombre de un insecto, como: mosca, hormiga, avispa, etcétera
(varios niños pueden tener el mismo nombre de insecto). El docente,
como uno más, lleva un lazo blanco y también elige el nombre de
un insecto. El objetivo de cada niño es pasar a un nivel superior
en la escala evolutiva, que se representa con un lazo de otro color:
azul = pequeño pájaro; verde = pequeño árbol, etcétera, para ello
necesita 10 puntos.
¿Cómo se consiguen los puntos? Al final de cada clase, el docente extrae de una
bolsa un número al azar y formula tres preguntas relacionadas con
la clase del día, al niño o a la niña, cuyo número de clase coincida
con el número extraído: “¿has traído pants?”, “¿has ayudado a recoger
el material?”, “¿has puesto tu mejor empeño al realizar las actividades
propuestas?”, “¿has trabajado con compañeros distintos de los habituales?”,
etcétera. Estas preguntas estarán relacionadas con las conductas
que el docente quiere reforzar. Por cada respuesta afirmativa, el
niño o la niña se anotará un punto. Además, en la misma clase tiene
posibilidad de conseguir dos puntos más. El primer punto lo obtiene
si al menos un compañero o compañera dice algo que hizo en clase
y que a él particularmente le gustó: “a mí me gustó que en el juego
de las estatuas me salvó”, “a mí me gustó que cuando estábamos recogiendo
el material, yo no podía con el banco y me ayudó”, etcétera. El
profesor también intervendrá en esta parte diciendo lo que le ha
parecido bien, reforzando aún más, si cabe, determinadas conductas.
El segundo punto lo obtendría si alguien dice que ese niño o esa
niña hizo algo fuera de horas de clase y que le gustó: “el domingo
me dejó jugar con su balón, eso me gustó mucho porque estaba muy
aburrido”, “hoy, en el recreo, me ha dado un poco de su torta”…
De esta forma, el máximo número de puntos que se puede conseguir en una sola
clase es de cinco. Cuando alguien consigue acumular 10 puntos pasa
de pequeño insecto al siguiente nivel: pequeño pájaro, y cambia
su nombre de insecto por el de un pájaro, sustituyendo su lazo blanco
por otro de color azul. Ahora bien, nadie puede pasar al siguiente
nivel, pequeño árbol, mientras el docente sea pequeño insecto, con
lo que el grupo debe buscar que el profesor pase al nivel superior
para seguir progresando.
El docente cambia de nivel cuando todos los alumnos y las alumnas han pasado
al siguiente nivel, en otras palabras, es el último en avanzar.
Esto significa que en ningún momento hay una persona que esté dos
niveles por encima de otro. A todos les interesa pasar de nivel
y eso significa favorecer al resto de los compañeros para que también
lo hagan. En consecuencia, no se establece ningún tipo de competición,
es más, es posible ayudar a un compañero de clase. Así, si un alumno
o una alumna está en un nivel superior y sale su número, puede regalar
sus preguntas al compañero o compañera que prefiera. Para ello,
cuando el profesor le vaya a preguntar dice: “regalo mis preguntas
a...”. En este caso el profesor formulará las preguntas al niño
o a la niña que ha recibido el regalo.
Esta dinámica permite una reflexión y una autoevaluación de las clases de una
forma lúdica y motivadora para los alumnos, un refuerzo de una serie
de conductas motrices y actitudinales, elevar la autoestima de todos
y cada uno de los alumnos mediante los comentarios positivos de
sus compañeros y compañeras y, sobre todo, reforzar el sentimiento
de grupo.
Otra sencilla dinámica es la que hemos denominado “buzón de la paz”. El buzón
de la paz es una caja de cartón pintada a modo de buzón en la que
cada persona puede, voluntariamente, introducir dibujos con las
actividades de clase que más le hayan gustado o que quisiera repetir,
mensajes positivos a otros compañeros, de la misma o de otras clases,
y al profesor, comentarios para mejorar las clases, ideas de lo
que le gustaría hacer, etcétera.
Cada semana, el profesor coloca alguno de estos dibujos y mensajes en un periódico
mural para que todos puedan verlos. Conviene que todos los dibujos
y mensajes que los diferentes alumnos depositan en el buzón de la
paz queden expuestos y, lógicamente, que sus opiniones sean tomadas
en cuenta.
Esta dinámica, además de aumentar la autoestima de los que reciben un mensaje,
aporta algunos datos que pueden ser relevantes para la evaluación
y permite al docente determinar cuáles de las actividades realizadas
en clase han sido las preferidas por el grupo, orientar posibles
alternativas y propuestas de continuidad en función de las preferencias
y gustos de la clase, etcétera.
Hacia una continuidad transformadora de la acción educativa
Ya revisamos que una característica que define la educación para la paz es la
de ser una educación desde y para la acción. Así, a partir de la
concepción de la educación física para la paz se pueden proponer
algunas actividades orientadas a favorecer las relaciones del grupo
clase con el resto de la comunidad escolar, con personas del entorno
de influencia de esta misma comunidad y con personas de entornos
alejados geográfica y culturalmente. El primer paso es favorecer
en las clases la presencia voluntaria de los padres y las madres
que lo deseen mediante lo que hemos denominado “clases abiertas”.
A menudo se habla de la falta de colaboración de los padres en las acciones educativas
que se promueven desde la escuela y muchos profesores se quejan
del desinterés y desconocimiento de estos mismos padres en aspectos
relacionados con la labor docente. Esta situación se acrecienta
aún más en áreas como la educación física debido, por una parte,
a la falsa creencia de que es menos importante que otras de tipo
más conceptual y, por otra, porque posiblemente la educación física
que recibieron los padres de nuestros actuales alumnos se limitó
al juego libre o, en el mejor de los casos, a la práctica deportiva.
Ahora bien, creemos que tampoco desde las escuelas se promueven
acciones orientadas a subsanar en lo posible esta situación, es
decir, a que los padres entiendan exactamente el qué y el por qué
de lo que se hace en las clases, incluso son bastantes los docentes
que sistemáticamente manifiestan que “los padres, cuanto más lejos,
mejor”. Contrarios a esta idea, buscamos promover la participación
de las familias en las clases, facilitando esta situación a través
de una serie de actuaciones que permitan a los padres tomar conciencia
de la importante labor que la escuela desarrolla con sus hijos,
lo cual repercutirá sin duda en la valoración social de la profesión
docente.
La dinámica de clases abiertas permite a padres y madres asistir y participar,
si lo desean, en las distintas actividades de las clases de educación
física en las mismas condiciones que los alumnos. Hay unidades didácticas
donde resulta perfectamente posible su integración, sobre todo aquellas
destinadas a la realización de actividades físicas orientadas al
uso positivo del tiempo libre y al desarrollo, la creatividad y
la recreación, mediante talleres de expresión corporal o danza,
clubes recreativos, etcétera; en estos casos, es conveniente dirigir,
desde la escuela, una carta invitando a la asistencia voluntaria.
Incluso puede ser interesante generar propuestas de actividad física
intergeneracional basada en propuestas cooperativas que conlleven
una continuidad de los aprendizajes escolares en el tiempo de ocio
del alumnado y de sus familias.
Lógicamente, integrar a los padres en las clases choca a menudo con incompatibilidad
de horarios, pero esto no siempre es así y “clases abiertas” se
presenta como una posibilidad de asistencia voluntaria.
Otras alternativas pueden ser la participación de las familias en actividades
concretas y puntuales como la recuperación de los juegos tradicionales
de la zona de influencia de la escuela o la realización de una actividad
de exploración orientada a conocer o aprovechar educativamente el
entorno natural más cercano.
Hemos expuesto algunas acciones concretas para favorecer la interrelación de
la escuela con la comunidad educativa y su entorno de influencia,
con el que el alumno tiene un contacto diario, el problema está
ahora en tratar de acercarlo a personas y entornos geográficamente
lejanos, con los cuales no tiene un contacto directo. Este acercamiento
es fundamental para apostar por la diversidad cultural y el interculturalismo
como medio de enriquecimiento común. En este sentido, la posibilidad
de escribirse con un grupo de niños y niñas o adolescentes de otro
país abre la mentalidad de nuestros alumnos a otras culturas. Desde
las clases de educación física podemos promover contactos con otras
escuelas de diferentes partes del mundo e intercambiar juegos o
fotografías, descripciones de las actividades desarrolladas, etcétera.
Un alumno distinto cada día puede encargarse de redactar lo que
ha hecho en clase, añadiendo al final los comentarios del resto
de sus compañeros para, cada cierto tiempo, enviar las fotocopias
del diario colectivo a las otras escuelas. Hoy en día la internet
facilita muchísimo este tipo de contactos, permitiendo además la
participación en proyectos educativos internacionales, algunos de
los cuales están relacionados con la educación física.
En síntesis, la educación para la paz, como respuesta educativa a la cultura
de paz y a los valores que de ella se derivan, debe partir de una
reflexión personal del docente y del conjunto de profesores de una
escuela, orientada a definir con claridad qué significado tiene
aceptar los ideales de la cultura de paz, reflejados en el Manifiesto
2000, y qué compromisos se adquieren con ello. De dicha reflexión
deben surgir, por un lado, propuestas de transformación educativa
en la organización de los planteles, dando a los alumnos un mayor
protagonismo, una mayor libertad responsable, y, por otro, la concreción
de los valores que se pretenden promover en actitudes y conductas
claras junto a acciones educativas para desarrollar a nivel de la
escuela y desde las distintas asignaturas del curriculum.
En este sentido, la educación física se convierte en un área privilegiada para
el trabajo de contenidos relacionados con la regulación pacífica
de los conflictos, con las relaciones grupales, con las habilidades
sociales, con la apuesta por la interculturalidad como medio de
relación multicultural, etcétera, pero para ello se hace necesaria
una transformación de las prácticas tradicionales, orientadas explícita
o implícitamente a la competición, a la comparación interpersonal
y al rendimiento, en otras alternativas de carácter más cooperativo,
que partan de la actividad corporal y motriz como medio para el
conocimiento y la aceptación personal, para el establecimiento de
relaciones interpersonales positivas y para el acercamiento del
ser humano al medio ambiente que le rodea. En este sentido, en el
siguiente capítulo profundizaremos en el análisis del papel que
las actividades físicas cooperativas en general y los juegos cooperativos
en particular pueden desempeñar en todo este proceso. Educar para
la paz, también desde la educación física, es una tarea posible
y hoy en día más necesaria que nunca.

|