|
Programa
de Estudios, 2° Semestre, Licenciatura en Educación Física/Lectura
de apoyo/
Las actividades
físicas cooperativas.
Una propuesta para la formación en valores
a través de la educación física en las escuelas
de educación básica
Carlos Velázquez Callado
Capítulo
2. Actividades y juegos cooperativos en educación física
Aproximación al juego cooperativo
Los juegos cooperativos pueden definirse como aquellos en que los jugadores dan
y reciben ayuda para contribuir a alcanzar objetivos comunes (Garairgordobil,
2002). De este modo, las actividades cooperativas en general y los
juegos cooperativos en particular pueden convertirse en un importante
recurso al promover una educación física en valores; son varios
los autores que resaltan las ventajas de incorporar actividades
y juegos cooperativos tanto en los programas de educación formal
como en los de ocio y tiempo libre.
En este sentido, el canadiense Terry Orlick (1990) primero, y otros autores después
(Brown, 1992; Omeñaca y Ruiz, 1999) , consideran al juego cooperativo
una actividad liberadora ya que:
-
Libera de
la competición. El objetivo es que todas las personas participen
para alcanzar una meta común.
-
Libera de
la eliminación. Se busca la participación de todos, la inclusión
en vez de la exclusión.
-
Libera para
crear. Las reglas son flexibles y los propios participantes
pueden cambiarlas para favorecer una mayor participación o diversión.
-
Libera la
posibilidad de elegir. Los jugadores tienen en sus manos la
decisión de participar, de cambiar las normas, de regular los
conflictos, etcétera.
-
Libera de
la agresión. Dado que el resultado se alcanza por la unión de
esfuerzos, desaparecen los comportamientos agresivos hacia los
demás.
El norteamericano Steve Grineski (1989) estudió la relación entre los comportamientos
sociales de los niños y el tipo de juegos que practicaban en las
escuelas, y llegó a la conclusión de que el juego cooperativo favorecía
significativamente la aparición de conductas prosociales en comparación
con los juegos competitivos y las actividades individuales. En un
estudio posterior, Grineski (1996) concluyó que un programa de actividad
física basado en propuestas cooperativas se mostró eficaz para favorecer
la socialización de alumnos de entre ocho y 12 años de edad con
trastornos emocionales severos.
Para Sigrid Loos (1989), pedagoga alemana afincada en Italia, el juego cooperativo
puede estimular el sentido de pertenencia a un grupo, ya que las
personas que juegan juntas se sienten bien juntas.
Rosa María Guitart (1990) destaca el papel de los juegos no competitivos ya que:
-
El niño
participa por el mero placer de jugar y no por el hecho de lograr
un premio.
-
Aseguran
la diversión al desaparecer la amenaza de no alcanzar el objetivo
marcado.
-
Favorecen
la participación de todos.
-
Permiten
establecer relaciones de igualdad con el resto de los participantes.
-
Buscan la
superación personal y no el superar a los otros.
-
El niño
percibe el juego como una actividad conjunta, no individualizada.
-
Favorecen
sentimientos de protagonismo colectivo en los que todos y cada
uno de los participantes tienen un papel destacado.
Los norteamericanos Matt Weinstein y Joel Goodman (1993) señalan, entre las ventajas
demostradas de las prácticas cooperativas, que permiten a los participantes
interactuar y practicar un diálogo de apoyo y apreciación mutua
que sustituye al habitual diálogo de desprecio y comentarios negativos
al que estamos acostumbrados. Posteriormente, esta habilidad de
expresar sentimientos positivos se extiende a otros contextos de
la vida y repercute en uno mismo y en quienes le rodean.
En España, Maite Garairgordobil (1995) desarrolló un estudio dirigido a determinar
las ventajas de un programa de juegos cooperativos aplicado en la
escuela. Lo llevó a cabo durante un curso escolar con 154 alumnos
de 3º y 4º de educación primaria (ocho-10 años) divididos en cinco
grupos: cuatro experimentales y uno de control. Los grupos experimentales
recibían, una vez a la semana, una sesión de juegos cooperativos
con una duración de entre 60 y 90 minutos, mientras que con el grupo
de control no se desarrollaron estas sesiones. Entre las conclusiones
de este estudio, Garairgordobil destaca la mejora de la cooperación
grupal y de las conductas prosociales altruistas, el significativo
descenso de las conductas agresivas, el incremento del autoconcepto
global del alumnado, el relevante incremento de los mensajes positivos
hacia los compañeros y la práctica desaparición de los negativos
y una mejora de la creatividad, por lo que apuesta por la integración
de este tipo de actividades cooperativas en los proyectos educativos
de las escuelas, al tiempo que plantea la necesidad de ir integrando
las metodologías cooperativas en la práctica diaria.
Para el uruguayo Enrique Pérez Oliveras (1998), los juegos cooperativos pueden
estimular el desarrollo de:
-
Las capacidades
necesarias para poder resolver problemas.
-
La empatía
o sensibilidad necesaria para reconocer cómo está el otro, sus
preocupaciones, sus expectativas, sus necesidades, sus posibilidades,
su realidad, etcétera.
-
La sensibilidad
necesaria para aprender a convivir con las diferencias de los
demás.
-
Las capacidades
necesarias para poder expresar sentimientos, emociones, conocimientos,
experiencias, afectos, preocupaciones...
Los españoles Raúl Omeñaca y Jesús Vicente Ruiz (1999) subrayan que el juego
cooperativo:
-
Permite
explorar y facilita la búsqueda de soluciones creativas en un
entorno libre de presiones.
-
Propicia
las relaciones empáticas, cordiales y constructivas entre los
participantes.
-
Destaca
el proceso sobre el producto.
-
Integra
al error dentro del proceso.
-
Posibilita
el aprendizaje de valores morales y habilidades para la convivencia
social.
-
Permite
valorar positivamente el éxito ajeno.
-
Fomenta
las conductas de ayuda y un alto grado de comunicación entre
los participantes.
El brasileño Fábio Otuzi Brotto (1999), basándose en las ideas de Terry Orlick,
destaca el papel educativo de los juegos cooperativos comparándolo
con el de los juegos competitivos:
| Juegos competitivos |
Juegos cooperativos |
| Son divertidos sólo para algunos |
Son
divertidos para todos. |
| La mayoría experimenta un sentimiento de derrota. |
Todos tienen un sentimiento de victoria. |
| Algunos son excluidos por falta de habilidad. |
Hay
una mezcla de grupos que juegan juntos creando un alto nivel
de aceptación mutua. |
| Se aprende a ser desconfiado, egoísta o, en algunos
casos, la persona se siente amedrentada por los otros. |
Se aprende a compartir y a confiar en los demás. |
| Los jugadores no se solidarizan y son felices cuando
algo “malo” le sucede a los otros. |
Los
jugadores aprenden a tener un sentido de unidad y a compartir
el éxito. |
| Conllevan una división por categorías, creando barreras
entre las personas y justificando las diferencias interpersonales
como una forma de exclusión. |
Hay una mezcla de personas en grupos heterogéneos que
juegan juntos creando un elevado nivel de aceptación mutua. |
| Los perdedores salen del juego y simplemente se convierten
es observadores. |
Nadie abandona el juego obligado por las circunstancias
del mismo. Todos juntos inician y dan por finalizada la actividad. |
| Los
jugadores pierden la confianza en sí mismos cuando son rechazados
o cuando pierden. |
Desarrollan la autoconfianza porque todos son bien aceptados. |
| La poca tolerancia a la derrota desarrolla en algunos
jugadores un sentimiento de abandono frente a las dificultades. |
La habilidad de perseverar ante las dificultades se
fortalece por el apoyo de otros miembros del grupo. |
La también brasileña Eliana Rossetti Fausto (2001) desarrolló un programa de
educación física basado en propuestas de actividad motriz cooperativa.
El programa se aplicó durante cuatro meses a alumnos de tercer grado
de educación primaria, a razón de dos horas de clase a la semana.
Entre las mejoras observadas por esta profesora destacamos la de
la interrelación afectiva entre la maestra y sus alumnos, la aparición
de conductas de cooperación y ayuda en los grupos a partir del segundo
mes de actividad y el incremento de la comunicación grupal para
resolver juntos los problemas que se les plantearon durante las
actividades de clase. Experiencias similares realizadas con alumnos
de entre siete y 10 años de edad en distintas escuelas brasileñas
condujeron a los mismos resultados (Pardo y Chagas, 2001).
Asimismo en Brasil, concretamente en la escuela pública de Cuibá, Sérgio Luiz
Chaves dos Santos (2001) verificó mediante un cuestionario las preferencias
de los alumnos, de quinto a octavo grados (11-14 años), por las
actividades competitivas. Tras aplicar un programa basado en actividades
cooperativas comprobó, mediante otro cuestionario, cómo las preferencias
de su alumnado variaron significativamente en todos los niveles,
dirigiéndose ahora hacia las actividades de tipo cooperativo. Aun
cuando Chaves señala que hubo diferencias en el grado de asimilación
de las actividades cooperativas, mucho mejor aceptadas al inicio
en los grados quinto y sexto que en los de séptimo y octavo, destaca
en todos los niveles el cambio de actitud de los alumnos hacia sus
compañeros, la valoración por parte del grupo de las prácticas cooperativas
y, al mismo tiempo, el cuestionamiento de algunos hechos presentes
en las actividades competitivas, y la mejora del clima de aula (Chaves,
2001).
La profesora chilena Carolina Valencia (2002) realizó un estudio orientado a
determinar si un programa de actividad motriz basado en juegos cooperativos
favorecía la integración de los alumnos asmáticos en las clases
de educación física y si, al mismo tiempo, mejoraba su capacidad
respiratoria. El estudio se aplicó a 35 niños, de edades comprendidas
entre los seis y los nueve años, en Arica, ciudad situada en el
norte de Chile. Los niños fueron divididos aleatoriamente en dos
grupos, el experimental, al que le fue aplicado el programa de juegos
cooperativos durante dos meses, a razón de dos veces por semana,
y el de control, que siguió con el programa habitual. Entre las
conclusiones de esta investigadora destaca que el juego cooperativo
facilita la mejora de la integración escolar del alumnado asmático.
Por el contrario, no observó diferencias significativas entre el
grupo experimental y el de control respecto a la mejora de la capacidad
respiratoria de estos niños, probablemente, apunta Valencia, porque
sea necesario prolongar el programa durante, al menos, cuatro meses
con un mínimo de tres sesiones semanales.
Después de este rápido recorrido por las opiniones e investigaciones de diversos
autores, referentes básicos al estudiar las actividades físicas
cooperativas, en general, y el juego cooperativo, en particular,
podemos concluir que en este tipo de actividades la gente juega
con, y no contra, los demás, para superar uno o varios desafíos
colectivos que en ningún caso suponen superar a otras personas.
Esta característica que las define, favorece en los participantes
el desarrollo de habilidades sociales y de actitudes de empatía,
cooperación, solidaridad y diálogo.
La cooperación en la práctica docente. Actitudes y creencias del profesorado
Resulta cuando menos curioso que absolutamente toda la documentación analizada
valore positivamente la introducción de actividades cooperativas
en los programas educativos con el fin de desarrollar en los educandos
conductas de cooperación, solidaridad, aceptación de uno mismo y
del otro, comunicación, regulación pacífica de conflictos, etcétera
(Brown, 1992; Cascón y Martín, 1986; Guitart, 1990; Jares, 1989,
1991, 1992; Loos, 1989; Omeñaca y Ruiz, 1999; Orlick, 1986, 1990;
Seminario de Educación para la Paz, 1991, etcétera) sin que se exponga
inconveniente alguno y que, sin embargo, el profesorado siga manifestándose
reacio a desarrollar programas cooperativos de actividad motriz.
En este sentido, Steve Grineski (1991) realizó un estudio con una
muestra de 500 alumnos de escuelas elementales y medias. Dicho estudio
reveló que 90% de las experiencias de estos escolares en educación
física eran competitivas. Grineski revisó, además, 288 juegos descritos
en cinco libros de texto de educación física dirigidos a alumnos
de entre seis y 12 años de edad y comprobó que más de 90% de estos
juegos eran competitivos. En España, Arumí y colaboradores (2003)
realizaron un estudio tendente a determinar el tipo de estructura
de aprendizaje predominante en la enseñanza de la educación física
en la educación primaria (seis-12 años) y concluyeron que las propuestas
cooperativas fueron, en todas las sesiones de clase analizadas,
significativamente inferiores a las competitivas y nunca superiores
a 27%. De hecho, en las tres cuartas partes de las sesiones analizadas
los docentes no introdujeron ni siquiera una actividad cooperativa.
Para responder a la paradoja de cómo es posible que la totalidad de los estudios
realizados muestren la superioridad de las actividades cooperativas
sobre las competitivas y sin embargo estas últimas sigan siendo
las actividades dominantes en las clases de educación física, basta
un simple vistazo a los años de las publicaciones y de los estudios
a los cuales hemos hecho mención. Prácticamente la totalidad de
estos textos datan de los últimos 10 años, por lo que podemos deducir
que la razón principal de esta paradoja se encuentra en el vacío
que ha mostrado la formación inicial del profesorado en estos temas
y estrategias de trabajo.
Derivadas de la falta de formación inicial, aparecen unas concepciones cuando
menos cuestionables, que justifican la omnipresencia de la competición
en los programas escolares alegando un mayor rendimiento individual,
una mayor motivación entre los alumnos o, simplemente, que hay que
prepararlos para la sociedad competitiva en la que se van a desenvolver.
En este sentido, en una encuesta realizada recientemente entre profesores de
educación física de la provincia de Valladolid (España), a la que
respondieron voluntariamente 30 personas, la totalidad manifestó
basar sus programaciones de educación física en propuestas competitivas,
si bien algunas respuestas fueron matizadas aclarando que introducían
algunos elementos correctores como dialogar con los alumnos ante
situaciones “poco deportivas”. Las razones alegadas para el uso
de propuestas competitivas fueron las siguientes:
- Resultan
más motivadoras para los alumnos.
- Canalizan
la agresividad.
- Enseñan a
ganar, a perder y a participar.
- Permiten
un mayor rendimiento.
- Favorecen
el espíritu de superación.
- Desarrollan
mejor estrategias, imaginación...
- Permiten
un autoconocimiento en relación con los demás.
- Se adaptan
mejor a las demandas de los alumnos.
- Permiten
una división de la clase en grupos de nivel.
- Los alumnos
con problemas de conducta las aceptan mejor.
- Posibilitan
la participación en competiciones escolares.
- Aumentan
la autoestima de algunos niños.
- Son más fáciles
de evaluar.
- La competición
es una predisposición natural en el niño.
Sin embargo, ese mismo profesorado manifestó, en la misma encuesta, los siguientes
inconvenientes que aparecían en sus clases con la práctica de actividades
competitivas:
- Pueden generar
conductas agresivas.
- Favorecen
el egocentrismo de los “buenos”.
- Disminuyen
la autoestima y aumentan la frustración de los menos capacitados.
- Generan conductas
negativas hacia los menos cualificados con lo que la integración
es poco posible.
- Generan conductas
de rechazo hacia los contrarios.
- Conductas
como el compañerismo, la solidaridad..., se pierden por el afán
de victoria.
- No se adaptan
a todos los alumnos.
- Ponderan
en exceso aptitudes físicas sobre otro tipo de actitudes.
- Se orientan
más al fin que a los medios.
- Los grupos
que se forman son homogéneos, en función del nivel de destreza.
Curiosamente ninguna persona manifestó su falta de formación inicial ni su desconocimiento
de recursos sobre actividades cooperativas y su uso didáctico, si
bien en entrevistas personales posteriores a la realización de esta
encuesta fue, entre los docentes, una de sus quejas más repetidas.
Reflexiones para un cambio en la actitud del profesorado
Analizando las respuestas del profesorado sobre las ventajas de las actividades
competitivas, podemos entresacar una serie de conclusiones que nos
llevan a plantear varias preguntas para la reflexión:
- ¿Las actividades
competitivas motivan más a los alumnos?
- ¿Las actividades
competitivas canalizan mejor la agresividad?
- ¿Las actividades
competitivas favorecen un mayor rendimiento individual?
- ¿Las actividades
competitivas se adaptan mejor a los alumnos problemáticos?
- ¿Las actividades
competitivas son más fáciles de evaluar?
- ¿Las actividades
competitivas facilitan el éxito en competiciones deportivas?
- ¿Sólo es
posible enseñar a ganar y a perder mediante actividades competitivas?
- Si la competición
es una predisposición natural en el niño y la sociedad es competitiva,
¿el trabajo con actividades cooperativas no generará individuos
inadaptados a la realidad con la que se van a encontrar?
Tratemos de responder, uno a uno, a todos estos interrogantes.
¿Las
actividades competitivas motivan más a los alumnos que las cooperativas?
Antes de responder a esa pregunta habría que preguntarse si los alumnos realmente
han tenido la oportunidad de conocer alternativas a las actividades
físicas competitivas. En general, el profesorado basa sus programas
de educación física en actividades competitivas y, por otra parte,
los programas extraescolares de actividad física giran principalmente
en torno al llamado deporte escolar. Así, es frecuente que, tras
las clases, la oferta de la escuela para la ocupación del tiempo
libre sea: basquetbol, futbol de salón, artes marciales, etcétera.
Estamos tan envueltos en la competición que parece que nadie se
ha planteado cómo sería la actividad física sin ella.
Incluso, algunas personas introducen la competición como factor de motivación
en sus clases. Así es habitual que, entre las actividades que se
realizan para enseñar a los alumnos a botar un balón, una de ellas
consista en disponer a la clase en grupos iguales y en filas paralelas
para explicar que la actividad consiste en que la primera persona
de cada fila vaya botando un balón hasta una pica situada unos metros
más allá y vuelva para entregárselo al siguiente compañero. Dado
lo aburrido que resulta, sobre todo la espera en la fila, el profesor
tiende a plantear la actividad como una carrera de relevos, supuestamente
para motivar a los alumnos. Ahora bien, si nuestro objetivo es que
éstos aprendan a botar un balón, posiblemente el planteamiento competitivo
de la actividad sea hasta contraproducente ya que, en el ansia de
llegar cuanto antes, los participantes olvidarán todas las indicaciones
iniciales sobre cómo se debe efectuar un bote correcto. Aun así,
este tipo de planteamientos basados en competiciones de relevos
es bastante frecuente.
Por otra parte, si nos interesa fomentar el gusto por la actividad y no por el
resultado y lo único que motiva a los alumnos en casos como el descrito
anteriormente es el resultado, tendríamos que preguntarnos, ¿por
qué no cambiar la actividad?
Desde nuestro punto de vista nos encontramos ante un caso claro de falta de formación
y de recursos. Conocemos infinidad de actividades competitivas y
entre todas ellas es fácil encontrar alguna que motive a los alumnos,
si no a todos, sí a la mayoría. Ahora bien, el número de actividades
cooperativas descritas en la bibliografía que podemos encontrar
en el mercado es sensiblemente inferior, con lo que hay mucho menos
donde elegir.
Por otra parte, cabría preguntarse a qué tipo de alumnos nos estamos refiriendo
cuando se dice que las actividades competitivas motivan a más de
ellos. ¿Realmente pensamos que el niño con dificultades motrices
se motiva con las actividades competitivas, donde su participación
real es muy limitada, aun cuando no manifieste comentario negativo
alguno en las clases?
¿Las
actividades competitivas canalizan mejor la agresividad?
Aunque está bastante extendida la creencia de que la práctica de actividades
competitivas permite canalizar la agresividad bastante mejor que
la práctica de actividades y juegos cooperativos, existe evidencia
empírica que desmiente tal afirmación. Son varios los estudios que
se han realizado para comparar los efectos de programas de actividad
cooperativa y competitiva. De entre todos ellos, podemos destacar
la investigación de Bay-Hinitz y colaboradores que en 1994 investigaron
los efectos de un programa de juegos cooperativos y competitivos
en las conductas agresivas y cooperativas de 70 niños, de entre
cuatro y cinco años de edad, distribuidos en cuatro aulas. Los resultados
pusieron de manifiesto un aumento de las conductas de ayuda y cooperación
y una disminución significativa de las conductas agresivas durante
la práctica de actividades cooperativas y, por el contrario, un
aumento de las conductas agresivas y una disminución de las conductas
de ayuda y cooperación tras la implementación de los juegos competitivos
(Bay-Hinitz, Peterson y Quilitch, 1994). Resultados similares obtuvo
Finlinson (1997) durante un estudio realizado con 38 niños de cuatro
años de edad a los que aplicó un programa de juego cooperativo y
un programa de juego competitivo. La conclusión principal de este
estudio fue que las conductas prosociales se incrementaron, incluso
alcanzando niveles inesperados inicialmente, tras la aplicación
del programa de juegos cooperativos. Por el contrario, las conductas
antisociales, discusiones y agresiones entre los niños aumentaron
significativamente tras la aplicación del programa de juegos competitivos
(Finlinson, 1997).
¿Las
actividades competitivas favorecen un mayor rendimiento individual?
Posiblemente debido a que las actividades físicas cooperativas se introducen
en los programas de educación formal desde el campo recreativo,
está bastante extendida la creencia de que únicamente a través de
la competición se favorece el rendimiento. Podríamos decir que en
el pensamiento de algunos docentes se orienta a que las actividades
cooperativas favorecen la diversión y el disfrute mientras que las
competitivas promueven el rendimiento. Sin embargo, podemos afirmar
que la evidencia empírica demuestra lo contrario. En este sentido,
podemos recordar, simplemente a modo de ejemplo, las principales
conclusiones del metaanálisis de Johnson y Johnson (1981):
1.
Las situaciones cooperativas son superiores a las competitivas y
a las individuales en cuanto al rendimiento y a la productividad
de los participantes.
2.
La cooperación intragrupo con competición intergrupal es superior
a la competición interpersonal en cuanto al rendimiento y a la productividad
de los participantes.
3.
La cooperación sin competición intergrupos es superior a la cooperación
con competición intergrupos en cuanto al rendimiento y a la productividad
de los participantes.
4.
No se constatan diferencias significativas entre la competición
interpersonal y los esfuerzos individuales en cuanto al rendimiento
y a la productividad de los participantes.
Es cierto que casi la totalidad de los estudios analizados por Johnson y colaboradores
(1984) para llegar a esas conclusiones hacen referencia a campos
predominantemente conceptuales: Matemáticas, Ciencias, Lenguaje,
Historia..., a todos los niveles, desde escuelas primarias a la
universidad, pero es fácil suponer que, aun cuando haya que demostrarlo,
dichas conclusiones sean extrapolables a educación física.
En cualquier caso, como ya hemos reseñado, también hay experiencias que demuestran
las ventajas de los programas cooperativos de actividad física sobre
los tradicionales basados en actividades competitivas (Garairgordobil,
1995; Grineski, 1996; Valencia, 2002...) y no sólo en el ámbito
actitudinal sino también en el ámbito motor. Así, podemos reseñar
a modo de ejemplo que Mender, Kerr y Orlick (1982) aplicaron un
programa experimental de actividad motriz basado en actividades
cooperativas a un grupo de 19 niños, de entre siete y 10 años, con
dificultades de aprendizaje, y constataron no sólo un incremento
significativo de las conductas prosociales, respecto al grupo de
control, sino una mejor ejecución en variables motrices, especialmente
en las acciones que implicaban habilidades de equilibrio.
¿Las
actividades competitivas se adaptan mejor a los alumnos problemáticos?
Habría que preguntarse, antes de nada, a qué tipo de alumnos nos estamos refiriendo
con el calificativo de problemáticos: ¿a los que tienen problemas
para relacionarse con el resto?, ¿a los que rechazan la educación
física porque sus experiencias anteriores han sido frustrantes?,
¿a los que presentan necesidades educativas especiales integrados
en nuestras clases?... Pensamos que el profesorado que manifiesta
rotundamente que las actividades competitivas se adaptan mejor al
alumno problemático no está haciendo referencia a ninguno de los
casos anteriores y piensa en un tipo de alumno muy concreto, aquel
que manifiesta conductas disruptivas en clase ante cualquier propuesta
motriz en la que no destaque y, en este caso, las actividades competitivas
no están solucionando el problema del alumno o del grupo, aparentemente
lo que solucionan es el problema del profesor. Ahora bien, cabría
preguntarse a costa de qué.
Es cierto que un alto porcentaje de alumnos con conductas disruptivas se caracteriza
por destacar en las clases de educación física ante propuestas individuales
o competitivas y, en opinión del profesorado, también es interesante
que, al menos en una clase, tenga experiencias positivas que refuercen
su autoestima. El hecho de trabajar con actividades competitivas
favorece la sensación de protagonismo de estos alumnos que llegan
a sentirse superiores a los demás, si bien lo hacen a costa de que
otros experimenten sensaciones negativas. Desde nuestro punto de
vista, el objetivo debe orientarse a conjugar el protagonismo de
los más capaces con el hecho de que absolutamente todos nuestros
alumnos y nuestras alumnas experimenten sensaciones de éxito en
la práctica y eso sólo puede lograrse mediante actividades cooperativas.
Al alumno que destaca podemos ofrecerle alternativas para que siga
haciéndolo, pero no enfrentándose a los demás, sino favoreciendo
el que otros, con más dificultades, las superen gracias a su ayuda.
Las mismas respuestas del profesorado dejan de manifiesto que ante otro tipo
de “alumnos problemáticos” –por poner un simple ejemplo, un síndrome
de Down–, las actividades competitivas generan graves inconvenientes
que dificultan su integración al grupo. El hecho de que la sensación
de éxito o fracaso se defina por un resultado que supone superar
a otras personas, implica que la culpa de los fracasos recaiga siempre
sobre las mismas personas, las que manifiestan una mayor dificultad;
por el contrario, las felicitaciones por el éxito tienden a recaer
también sobre las mismas personas, esta vez sobre las que destacan,
que generalmente son las que han obtenido el mayor número de puntos
o el tanto de la victoria. El trabajo mediante actividades cooperativas
implica que el éxito o fracaso se comparta en el grupo, lo que favorece
que los más capaces ayuden a los que tienen más dificultad para
poder superar el objetivo de la actividad. Se promueven así la comunicación,
las relaciones personales, la empatía y un clima positivo de grupo
que permite que personas de variada condición y habilidad motriz
sean capaces de trabajar juntas para superar una dificultad común
a todas ellas lo que, al contrario que con propuestas competitivas,
favorece la integración de todos y cada uno de los alumnos y alumnas
al grupo, con independencia de sus características personales.
¿Las
actividades competitivas son más fáciles de evaluar?
Unida a la, como ya hemos visto, falsa creencia de que las actividades competitivas
favorecen el rendimiento individual más que cualquier otro tipo
de actividades, encontramos manifestaciones que afirman que las
actividades competitivas son más fáciles de evaluar.
Desde nuestro punto de vista, se está confundiendo evaluación con calificación
y se está identificando la calificación con un proceso de “palomeo”
con base en unos resultados cuantificables que comparan los realizados
por un individuo con los considerados “normales” o con los del resto
de sus compañeros y compañeras. Desde esta perspectiva, basada en
una tradición de tests de condición física y de rendimiento deportivo
de la que, desgraciadamente, aún perduran algunos resquicios, justamente,
en los exámenes de acceso a la función docente, la competición es
un medio sencillo y rápido de poner una nota que, al fin y al cabo,
es el fin de la calificación.
Ahora bien, si entendemos la evaluación, no como calificación, sino como un proceso
continuo y permanente, integrado en el propio proceso educativo,
coherente con él y orientado a su mejora, habría que preguntarse
si en un modelo educativo basado en valores derivados de la cultura
de la paz: democracia, diálogo, solidaridad, participación, responsabilidad...,
resulta coherente un modelo de evaluación, si es que se puede llamar
así, basado en la comparación de los resultado finales de unos con
otros y, lo que es más importante, ¿qué aporta ese modelo a la mejora
del proceso educativo? Planteamos, por el contrario, que hay que
definir perfectamente los objetivos educativos y, en función de
éstos, determinar sobre qué aspectos vamos a incidir a lo largo
del proceso para, a continuación, elegir los procedimientos para
hacerlo. Entendemos que debe valorarse todo el proceso realizado
y no sólo el resultado final y que el alumnado tiene que participar
en su propia evaluación como una forma más de adquirir responsabilidades,
de comprender lo que está haciendo y, en definitiva, de mejorar.
Desde estas bases, es posible evaluar, y calificar si fuera necesario,
desde la práctica de actividades físicas cooperativas.
¿Las
actividades competitivas facilitan el éxito en competiciones deportivas?
Posiblemente el incitar constantemente a la competición e insistir en la importancia
del resultado facilite el éxito en las competiciones deportivas,
aunque probablemente no tanto como el hecho de tener un buen equipo.
La cuestión está en definir qué modelo de educación, en general,
y de educación física, en particular, queremos asumir.
Si abogamos por un modelo orientado al éxito en competiciones deportivas escolares
no cabe la menor duda de que lo mejor es realizar un buen proceso
de selección, formar un maravilloso equipo con los más aptos, que
se convertirá en el equipo estandarte de nuestra escuela, y trabajar
insistentemente con ellos hasta lograr que asimilen los aspectos
técnicos y tácticos necesarios para garantizar un buen resultado
al enfrentarse a otros equipos, algunos de ellos formados mediante
procesos similares. El resto de los alumnos puede repartirse en
otros equipos para que “disfruten” de la competición y poco importará
lo que hagan.
Si, por el contrario, abogamos por un modelo orientado a la participación, a
la práctica de actividad física como una forma saludable de ocupación
del tiempo de ocio y de relación con los demás, seguramente el éxito
en las competiciones deportivas escolares deje de tener sentido
y nuestro objetivo se centre en promover la ocupación del tiempo
de ocio de los alumnos mediante prácticas motrices saludables y
variadas.
Ahora bien, es probable que, dentro de 15 años, un análisis de las personas que
continúan practicando actividad física en su tiempo de ocio nos
muestre que el modelo orientado al éxito deportivo conlleva un número
de abandonos significativamente mayor que el orientado a la participación
y que entre las causas de estos abandonos esté la de haber experimentado
sentimientos negativos durante la práctica de la actividad física
en edad escolar.
¿Sólo
es posible enseñar a ganar y a perder mediante actividades competitivas?
La mayor parte de la bibliografía existente sobre juegos y actividades cooperativas
insisten en los beneficios de éstas en contraposición a los perjuicios
de las competitivas; sin embargo, no definen claramente cuándo una
actividad puede ser considerada cooperativa y cuándo no. Así, se
identifica a las actividades cooperativas como actividades sin perdedores,
actividades donde nadie gana y nadie pierde, etcétera. Esta idea
es recogida por una buena parte del profesorado que entiende que
la única forma de que los alumnos aprendan a ganar y a perder es
sintiendo en propia piel la victoria y la derrota para, a partir
de ahí, introducir mecanismos orientados a que, en caso necesario,
cada individuo supere la frustración de una derrota o el egocentrismo
tras una victoria.
El problema radica en el hecho de identificar el juego cooperativo como un juego
sin ganadores. Existen juegos cooperativos donde, efectivamente,
no gana ni pierde nadie; un ejemplo: dos niños que, cogidos de las
manos, echan el cuerpo para atrás e intentan girar tan deprisa como
les sea posible. Sin embargo, también existen otros juegos cooperativos
donde podemos decir que se gana o se pierde; ahora bien, al contrario
que en los juegos competitivos donde el hecho de que alguien gane
implica, necesariamente, que alguien pierda, en los juegos cooperativos,
un individuo sólo gana si todos ganan y pierde si todos pierden,
en otras palabras, o todos ganamos o todos perdemos. Así pues, si
eso es lo queremos, es posible que los alumnos sientan en su piel
el hecho de ganar o de perder mediante actividades físicas cooperativas,
enfrentándose no a otras personas, como en las actividades competitivas,
sino a retos externos al grupo. Un ejemplo: se puede plantear una
actividad donde el objetivo del grupo es que todos sus componentes
logren superar una colchoneta de salto de altura colocada en posición
vertical sin que se caiga. El grupo ganaría si lo consigue y perdería
en caso contrario.
De todas formas, y por ir un poco más lejos, nuestra experiencia nos dice que
el hecho de emplear palabras como ganar o perder, que rápidamente
se identifican con actividades competitivas, orienta la actividad
hacia el resultado; dicho de otro modo, el alumno percibe inconscientemente
que lo importante no es el proceso sino el resultado. En este sentido,
si lo que queremos es favorecer la búsqueda de soluciones creativas,
el diálogo, la comunicación y la participación de todos y cada uno
de los miembros del grupo, preferimos el uso de expresiones como
“su objetivo es...”, “tienen que intentar que...”, etcétera.
Si
la competición es una predisposición natural en el niño y la sociedad
es competitiva, ¿el trabajo con actividades cooperativas no generará
individuos inadaptados a la realidad con la que se van a encontrar?
En primer lugar se parte de una premisa equivocada o, cuando menos, cuestionable.
No existe estudio alguno que demuestre que el ser humano sea competitivo
por naturaleza. Por el contrario, hay autores que defienden que
el ser humano, uno de los mamíferos más indefensos en la escala
animal, ha llegado a ser lo que es no tanto gracias a su inteligencia
sino a su capacidad para cooperar. Por otra parte, existen sociedades
consideradas primitivas basadas en sistemas organizativos cooperativos.
Si el ser humano fuera competitivo por naturaleza, lo lógico es
que las sociedades primitivas lo fueran también.
Es cierto que nuestro modelo neoliberal de sociedad propugna la competición e
incluso la defiende como un valor que debe ser incentivado. Así,
se piensa que el hecho de motivar a las personas a superar a otras
personas generará que todas se esfuercen al máximo por conseguir
los mejores resultados; sin embargo, como ya hemos analizado anteriormente,
lo que habitualmente genera, en la mayoría casos, es hostilidad
hacia los considerados contrarios, ansiedad por no alcanzar los
resultados esperados y frustración cuando eso sucede.
Aclarados estos puntos, la cuestión de si debemos educar en la competición con
el fin de preparar a nuestros alumnos para la sociedad en la que
vive puede responderse con otra pregunta. ¿Debemos educar para la
sociedad en la que nos movemos o para la sociedad que queremos?
En el primer caso partimos de una concepción conservadora de la
educación, el objetivo es simplemente adaptar al individuo a la
sociedad en la que vive, sin cuestionarnos lo positivo o lo negativo
de la misma. En el segundo caso, partimos de una concepción crítica
de la educación, donde el objetivo es formar personas críticas,
capaces de entender los mecanismos que regulan la sociedad en la
que se desenvuelven, favoreciendo lo positivo y dando respuestas
ante lo negativo con el fin de mejorar dicha sociedad y hacerla
más justa y solidaria.
Nosotros nos posicionamos en una concepción crítica de la educación y, consecuentemente,
y a pesar de las numerosas dificultades, trabajamos desde esa perspectiva.
Desde este punto de vista pensamos que resulta mucho más coherente
un proceso que parta de enseñar a los alumnos a cooperar, a compartir,
a ponerse en el lugar de los otros, a ver las actividades físicas
como un medio divertido y saludable de relación con los demás, etcétera,
donde las actividades cooperativas juegan un papel fundamental,
para, una vez asumidos estos objetivos y una vez desvinculado el
resultado de la actividad en sí misma, ir introduciendo progresivamente
actividades competitivas, si así lo deseamos, para favorecer otras
posibilidades de juego.
Entendemos que este proceso no crea individuos inadaptados socialmente, sino
todo lo contrario, y hacemos nuestra la frase de Fabio Brotto: “Si
competir es importante, cooperar es lo fundamental” (Brotto, 1997).
Una
opinión para la reflexión
Aun cuando no es posible extrapolar esta situación a otros contextos, nos gustaría
finalizar este apartado con los sentimientos reflejados en el diario
de clase de una alumna que llegó en 6º de primaria, procedente de
otra escuela, al centro en que trabajábamos. El grupo al que se
incorporó llevaba tres años trabajando en metodologías cooperativas.
“...yo
antes de este año odiaba la educación física, en el otro colegio
estábamos siempre corriendo y jugando a juegos con el balón y de
pillar y, claro, como yo estoy un poco gordita todos se metían conmigo,
sobre todo los chicos [...] Había días que no traía el uniforme
y el profesor me castigaba sin gimnasia, que es lo que yo quería.
No creas que lo hacía yo sola, no te vayas a pensar, Marimar, otra
chica de clase traía justificantes de su madre diciendo que le dolía
la cabeza y la barriga y era mentira. Ella lo hacía muchas veces,
yo sólo de vez en cuando”. “Ayer jugué con los chicos al futbol
en el recreo, me lo pasé muy bien porque aunque fallabas nadie te
decía nada, bueno, alguno sí, sólo uno, y no quiero dar nombres,
pero otros como Imanol te decían que no pasaba nada y hasta me explicaron
cómo poner el pie para chutar sin que se te tuerza el balón. Hoy
he vuelto a jugar y ya le voy cogiendo el truquillo, hasta he metido
un gol, pero no ha valido porque ya habían pitado para entrar en
clase”. “Me ha gustado la educación física este año, yo antes era
una patosa pero he mejorado mucho [...] si me dicen al principio
que iba a hacer cosas como saltar la colchoneta o lo del equilibrio
en los bancos no me lo creo y digo que imposible, pero al final
lo he hecho y me ha gustado [...] ahora salgo a correr y a andar
en bici con más gente los sábados”.
Creemos con sinceridad que la opinión de esta alumna, y los sentimientos que
en ella se reflejan, nos obligan, cuando menos, a reflexionar críticamente
sobre el por qué y el para qué de nuestra propia práctica docente
y a considerar las consecuencias que se derivan de unas determinadas
prácticas más orientadas a la competición que a la cooperación,
sobre todo entre los más pequeños. Al mismo tiempo, pone de manifiesto
que quizá la competición no sea tan motivadora para parte del alumnado,
ni se adapte mejor a sus demandas, ni aumente el rendimiento, ni…
Hacia una definición de las actividades cooperativas
Si, como ya revisamos, la totalidad de los autores consultados coinciden en las
ventajas del juego cooperativo para el desarrollo de valores relacionados
con la denominada cultura de paz, sin que se apunte ningún inconveniente
en este sentido, a la hora de determinar qué es realmente un juego
cooperativo se genera una cierta confusión.
La mayoría de los autores distinguen, explícita o implícitamente, entre juego
cooperativo, donde no existen acciones opuestas entre los participantes,
y juego competitivo, en el cual se establecen unas relaciones de
oposición entre los jugadores, con independencia de que también
existan relaciones de cooperación entre los miembros de un mismo
equipo. Desde este punto de vista, distinguiríamos únicamente dos
tipos de juegos: competitivos y cooperativos.
Por otra parte, también son varios los autores que, haciendo referencia a los
juegos cooperativos, introducen en sus obras ejemplos de juegos
competitivos al tiempo que dan una serie de razones para justificar
su descripción, normalmente referidas a que el juego, competitivo
en cuanto a su estructura, no despierta en los participantes el
afán de victoria sino que el dinamismo o la diversión que proporciona
supera con creces al interés por el resultado. Un ejemplo lo encontramos
al describir una carrera en la cual hay que reventar, en parejas,
varios globos rellenos de sustancias diversas, desde agua hasta
chocolate líquido, sin que se puedan utilizar las manos. Lo menos
trascendente en esta actividad sería quién gana esa carrera.
Otras veces se describen acciones de los propios jugadores, durante la práctica
de juegos no cooperativos, para evitar los malos sentimientos de
alguno de los participantes, como la fórmula de los aborígenes de
Papúa Nueva Guinea donde, al terminar un juego de persecución similar
a “la roña” llamado siikori, todos los participantes tocan
un árbol en cuyo tronco se supone que depositan todo lo negativo
que haya podido acontecer durante el transcurso de la actividad
(Orlick, 1990).
Todas estas ideas son importantes y nos proporcionan visiones parciales de una
misma realidad que deben ser tenidas en cuenta. Así, es posible
aunar todas estas miradas y agruparlas en una clasificación que
abarque la totalidad de las actividades en función de dos variables:
a)
La interrelación en las acciones de los participantes.
b)
La compatibilidad o incompatibilidad de metas.
En este sentido, encontramos actividades donde no existen interrelaciones entre
las acciones de los participantes y otras donde sí. En el primer
caso hablaríamos de actividades individuales y en el segundo de
actividades colectivas.
Las actividades individuales suponen acciones orientadas a la realización de
una meta u objetivo por parte de una única persona, que no interfieren
las de los demás, con independencia de que varias personas realicen
la misma actividad en un mismo espacio y al mismo tiempo. Así, una
profesora de educación física proponer hacer a sus alumnos comprobar
quién es capaz de cruzar el gimnasio sin pisar fuera de unos aros
dispuestos en el suelo. Los alumnos no necesitan cooperar entre
sí para superar el reto propuesto, pero tampoco tienen lugar acciones
de oposición. El hecho de que una persona logre el objetivo del
juego no implica el que otras lo hagan, pero tampoco el que no lo
hagan.
Las actividades colectivas implican, como ya hemos dicho, una interrelación en
las acciones de los participantes y, entre ellas distinguiríamos:
a)
Actividades competitivas. Son actividades donde existen relaciones de oposición
entre las acciones de los participantes y además hay incompatibilidad
de meta; dicho de otro modo, el hecho de que una persona alcance
el objetivo de la actividad implica, necesariamente, que al menos
otra no pueda hacerlo. Expresado en un lenguaje más coloquial, actividades
competitivas serían aquéllas en las que existen uno o varios ganadores
y uno o varios perdedores. En este apartado también se incluyen
actividades que pueden finalizar en empate siempre que su objetivo
no sea precisamente el empatar.
El tipo de
oposición que se establece entre las acciones de los participantes
puede ser activa o pasiva. Hablamos de oposición activa o directa
cuando las acciones de una persona o de un grupo repercuten en las
acciones de la persona o grupo opuesto. Un partido de tenis, una
lucha o cualquier deporte colectivo son buenos ejemplos de actividades
competitivas de oposición directa.
Oposición
pasiva o indirecta es la que se produce cuando las acciones de una
persona o grupo no afectan a las acciones de la persona o grupos
opuestos, pero sí existe una incompatibilidad de meta. Imaginemos
una carrera de 100 metros planos, no hay interferencia entre las
acciones de los corredores pero el hecho de que alguien gane la
carrera implica que el resto no pueda hacerlo. Hay un ganador y,
necesariamente, uno o varios perdedores.
Las actividades
competitivas de oposición indirecta pueden ser de desarrollo simultáneo,
como el ejemplo expuesto anteriormente, o consecutivo: una partida
de boliche o un ejercicio de gimnasia rítmica.
Dentro de
las actividades competitivas pueden establecerse relaciones de colaboración
entre las personas de un mismo grupo para tratar de superar a otro.
La mayoría de los autores hablan de relaciones de cooperación/oposición,
pero desde nuestro punto de vista el término cooperación sólo puede
aplicarse a aquellas situaciones que implican superar un reto externo
al total de los y las participantes en una determinada actividad
y no a la superación de otra persona o grupo de personas. De ahí
que prefiramos hablar de relaciones de colaboración/oposición para
hacer referencia a actividades donde varias personas colaboran entre
sí, oponiéndose a otras, con el fin de alcanzar una meta incompatible
para todas. Los deportes colectivos de oposición: futbol, basquetbol,
balónmano, voleibol, etcétera, son un buen ejemplo de este tipo
de actividades.
b)
Actividades no competitivas. Son actividades donde hay interrelación entre
las acciones de los participantes pero no existe incompatibilidad
de meta, es decir, el hecho de que una persona alcance el objetivo
de la actividad no supone que otras no puedan hacerlo, es más, va
a suponer que el resto lo logre también. En otras palabras, las
actividades no competitivas serían aquéllas en las que existen sólo
ganadores o perdedores (todos ganan o todos pierden), o bien en
las que no existen ni ganadores ni perdedores (nadie gana y nadie
pierde).
Centrándonos en las actividades no competitivas y atendiendo al tipo de interrelaciones
que se establecen entre las acciones de los y las participantes,
distinguimos dos grupos:
b.1)
Actividades no competitivas con oposición. Son
actividades no competitivas en las que, como su propio nombre indica,
existe una oposición entre las acciones de los participantes. Esta
oposición puede ser activa o pasiva. Es activa cuando los participantes
persiguen distintos objetivos y las acciones de los unos se oponen
a las de otros; un claro ejemplo lo tenemos en los juegos de persecución
como la roña, donde un jugador persigue al resto hasta que logra
tocar a alguno, en ese momento, ambos jugadores intercambian sus
papeles y el juego continúa. La oposición es pasiva cuando los participantes
presentan acciones diferentes, pero éstas no se interfieren; por
ejemplo, los juegos tradicionales de saltar la cuerda.
b.1.1) Actividades con oposición y cambio
de rol. Son actividades no competitivas en las que existe una
oposición entre las acciones de los participantes y un cambio de
papeles de éstos durante el transcurso de la actividad. Es interesante
destacar que en las actividades colectivas de cambio de rol no existen
nunca ni ganadores ni perdedores, sino que se produce un cambio
de papeles a lo largo del juego; dicho de otro modo, la meta de
la actividad no es la misma para todos los participantes sino que
depende del rol que desempeñan en cada momento, con lo que, al contrario
que en las actividades competitivas, no podemos hablar de una meta
única incompatible para todos. El cambio de papeles es siempre motivado
por circunstancias del propio juego, bien por la intervención de
otros participantes con un papel distinto, oposición activa,
bien por un fallo sin intervención ajena, oposición pasiva.
Atendiendo a si este cambio de papeles es temporal o definitivo distinguimos
dos subgrupos dentro de las actividades de cambio de rol:
-
Actividades
de cambio reversible. Son aquellas en las que una persona
puede pasar, a lo largo de la actividad, varias veces por el
mismo papel. En el caso de juegos, éstos suelen finalizar cuando
lo deciden, de mutuo acuerdo, los propios jugadores. Un ejemplo
de este tipo de actividades lo tenemos en el ya mencionado juego
de la roña. Otro ejemplo lo encontramos en danzas-juego como
el baile de la escoba donde quien no encuentra pareja al cesar
la música debe tomar una escoba como compañera de baile, repitiéndose
el proceso una y otra vez.
-
Actividades
de cambio irreversible. En las que la actividad finaliza
cuando todos los participantes adoptan un determinado papel.
No se puede, por tanto, pasar de un papel a otro más que una
sola vez. Un ejemplo de este tipo de actividades lo tenemos
en juegos como la araña, donde un jugador se sitúa en el espacio
comprendido entre dos líneas marcadas en el suelo y el resto
de los participantes van de una línea a la otra tratando de
no ser tocados por el del centro. Todo jugador tocado se toma
de la mano del que ocupa el centro de manera que se va formando
una cadena que crece a medida que son atrapados más y más jugadores.
El juego finaliza cuando todos los participantes forman parte
de la cadena.
b.1.2) Actividades con oposición y sin cambio de rol. Son actividades no competitivas
en las que existe oposición y en las que los participantes no intercambian
sus papeles en función de circunstancias derivadas de la propia
actividad. Podemos encontrar varios tipos:
-
De penitencia.
Actividades jugadas donde la persona que falla o bien la persona
que le correspondió en suerte, debe cumplir un castigo para
seguir en el juego. El castigo suele consistir en realizar una
prueba de valor, por ejemplo: dar un beso a un jugador del sexo
opuesto, o en quitarse una prenda. Hay que destacar que el castigo
forma parte del juego y los participantes buscan evitarlo, pero
en ningún caso se convierte en un elemento para excluirlos de
la actividad, de hecho es bastante frecuente que el castigo
sea negociado entre el que lo sufre y el grupo que lo impone
o, en el caso de desprenderse de prendas, éstas sean recuperadas
por sus respectivos dueños al finalizar la actividad.
-
De objetivo
no cuantificable. Actividades con oposición donde el objetivo
no está claramente definido, de tal forma que no puede ser evaluado
por criterios rígidos. Un ejemplo muy claro lo encontramos en
una pelea de almohadas. El objetivo parece ser golpear con la
almohada al otro jugador o jugadores y evitar ser golpeado por
ellos, pero el hecho de golpear a alguien o de ser golpeado
por alguien no implica eliminación o puntuación alguna, etcétera.
La diversión está por encima de cualquier otra cosa.
b.2)
Actividades cooperativas. Son actividades colectivas no competitivas en las que no existe oposición entre
las acciones de los participantes sino que todos buscan un objetivo
común, con independencia de que desempeñen el mismo papel o papeles
complementarios. Dentro de las actividades colectivas cooperativas
distinguimos dos tipos:
b.2.1)
Con objetivo cuantificable. El objetivo, idéntico para todos los participantes,
está perfectamente definido y se puede comprobar si se cumple o
no. En este tipo de actividades todos ganan o todos pierden, en
función de si el grupo alcanza o no el objetivo propuesto. Dentro
de este grupo, diferenciamos estos dos subgrupos:
-
Con puntuación.
Actividades de tanteo colectivo. El objetivo común es hacer
el mayor número de puntos posible, superando una puntuación
determinada que, a veces, no está definida al comenzar la actividad,
sino que se va definiendo en función de los puntos obtenidos
por el grupo, de forma que éste considera que gana cuando supera
su propio récord.
-
Sin puntuación.
Actividades en las que el objetivo que hay que superar no es
el de alcanzar una puntuación determinada, sino que suele tratarse
de una prueba que debe superar el grupo.
b.2.2)
Con objetivo no cuantificable. Actividades en las que el objetivo no puede ser
evaluado por criterios rígidos. Ni puede determinarse si se ha cumplido
o no. No existen, por tanto, ni ganadores ni perdedores. El papel
de todos los jugadores puede ser el mismo o diferenciarse varios
papeles. En este último caso pueden existir cambios de rol a lo
largo de la actividad pero, a diferencia de los que se producían
en las actividades de cambio de rol propiamente dichas, en las actividades
cooperativas de objetivo no cuantificable estos cambios vienen determinados
por los propios participantes y no por circunstancias del juego.
Otra diferencia significativa es que en las actividades de este
tipo no existe preferencia por parte de los participantes del tipo
de papel que van a desarrollar, mientras que en las actividades
de cambio de rol propiamente dichas, los participantes prefieren
un determinado papel (perseguir a ser perseguido, saltar a hacer
girar la cuerda, etcétera).
Dentro de las actividades cooperativas de objetivo no cuantificable pueden distinguirse
tantos subgrupos como tipos de objetivo consideremos. Señalaremos,
a modo de ejemplo, los siguientes:
-
De imitación.
Uno o varios participantes imitan a otro u otros. El objetivo
suele ser hacerlo lo más fielmente posible. Un ejemplo lo encontramos
en el tradicional juego de seguir al rey, donde un grupo de
personas reproducen con la mayor fidelidad posible todos los
movimientos que realiza otra.
-
De vértigo.
Uno o varios participantes, con ayuda de otro u otros, tratan
de experimentar una sensación especial mediante el juego. El
molinillo, donde dos personas tomadas de las manos giran tan
rápido como pueden, es un juego tradicional que nos sirve de
ejemplo.
-
De mantener
un objeto en movimiento. El objetivo es que un móvil no
se detenga. La mayor parte de las actividades cooperativas con
puntuación podrían incluirse aquí cuando precisamente falte
el tanteo; en este caso, los participantes no se preocupan por
hacer el mayor número de puntos, sino que lo único que les interesa
es mantener el objeto en movimiento el mayor tiempo posible
o hacerlo tan deprisa como puedan. Un ejemplo de este tipo de
actividades es el tenis de mesa rotativo, donde los jugadores
se colocan en dos filas y golpean la pelota con su raqueta antes
de pasar a ocupar el último lugar en su fila.
-
De reproducción
de secuencias rítmicas. Incluimos aquí las danzas colectivas,
todos aquellos juegos tradicionales de palmas sin eliminados,
los de corro y los juegos cantados. El objetivo es reproducir,
tan fielmente como sea posible, una serie de acciones mientras
se canta una canción o se escucha una melodía.
El siguiente esquema (se puede leer en la página 48) pretende clarificar los
principales conceptos desarrollados anteriormente para facilitar
al lector su comprensión.
La clasificación expuesta permite ubicar cualquier actividad en función de su
propia estructura interna, de acuerdo con las variables consideradas
e integrarla en un único apartado, lo cual supone un gran paso al
comprender la lógica interna de cualquier actividad, individual
o colectiva.
Un segundo elemento que conviene destacar de la taxonomía propuesta es la diferenciación
entre oposición y competición. La oposición hace referencia a un
tipo de interrelación entre las acciones de los y las participantes
mientras que la competición implica una incompatibilidad de meta
entre los mismos. Todas las actividades competitivas implican relaciones
de oposición, pero la existencia de oposición no siempre supone
competición.
Atendiendo a su estructura interna, es decir, sólo en función de la propia actividad,
de su reglamentación, queda perfectamente definida una actividad
cooperativa como aquélla donde existe compatibilidad de meta para
todos los participantes y donde, desarrollando el mismo papel o
papeles distintos, no hay oposición entre las acciones de los mismos.

Hacia una comprensión de las situaciones paradójicas en la práctica
Es cierto que, en ciertas ocasiones, se dan en la práctica una serie de situaciones
que no responden a la estructura interna de la actividad, conductas
competitivas en juegos cooperativos y viceversa. Así, es necesario
distinguir claramente entre estructura que, como ya
hemos mencionado anteriormente, se correspondería a lo que la actividad
es en sí misma, en cuanto a su reglamentación, considerada asépticamente,
y situación, que sería el contexto en el que
se desarrolla esa actividad, lo externo a ella, jugadores, experiencias
previas de los mismos, espacio, materiales, tiempos, entre otros.
De este modo, una misma actividad puede generar dos situaciones de juego distintas
dependiendo, por ejemplo, de los jugadores o incluso de su estado
de ánimo en un determinado momento. En este sentido, hablaríamos
de actividades paradójicas para hacer referencia a aquellas en las
que la situación práctica no coincide con su estructura interna,
lo cual puede suceder tanto con actividades de estructura competitiva
como de estructura cooperativa. Algunos ejemplos:
-
Actividades
competitivas sin competición. Incluiríamos aquí las actividades
con estructura competitiva, en las que están presentes todos
los elementos de la competición, pero en las que ésta no existe
o queda diluida por la propia actividad. El ejemplo aclarará
la definición: supongamos que un grupo de amigos se juntan en
dos equipos y comienzan a jugar un “partidillo” de basquetbol
en una sola canasta. Al cabo de un rato nadie sabe cuál es el
tanteo, al fin y al cabo no les parece importante dado que están
disfrutando con el juego. El partido finaliza, teóricamente
un equipo ha ganado y otro ha perdido, pero ni los propios jugadores
saben quién ha sido. Otro ejemplo de este tipo es el juego tradicional
de “piedra, papel o tijeras”, donde dos jugadores reproducen,
una y otra vez, la secuencia del juego sin que medie puntuación
alguna. Hay que destacar que, a diferencia de las actividades
no competitivas de objetivo no cuantificable, a las que antes
hemos hecho mención, en las competitivas sin competición el
objetivo de la actividad está perfectamente definido, es decir,
si se quisiera se podría determinar quién gana y quién pierde,
sin embargo, y aquí está la paradoja, los participantes eluden
hacerlo ya que para ellos lo importante es la actividad en sí
misma y no el resultado.
-
Actividades
competitivas modificadas. Son actividades con ganadores
y perdedores, pero en las que se han introducido una o varias
reglas para favorecer a aquellos que van perdiendo en un determinado
momento del juego o para promover la participación de las personas
con mayores problemas respecto a las exigencias que plantea
la actividad motriz. Nuevamente un ejemplo aclarará mejor lo
que decimos: imaginemos un partido de basquetbol donde se introduzca
una modificación en el sistema de puntuación, las canastas valen
dos puntos si las marca el equipo que va perdiendo y uno si
las marca el que va ganando. Este tipo de actividades rara vez
se encuentran en la práctica espontánea y responden habitualmente
a intervenciones educativas orientadas a desvincular el resultado
de la propia actividad.
-
Actividades
competitivas de posibilidad remota. Son actividades donde
la competición existe, pero en las que las posibilidades de
que alguno de los participantes consiga la victoria son prácticamente
nulas. Imaginemos una cancha de voleibol con seis jugadores
a cada lado de la red. Los de un lado son reyes y los del otro
son vasallos. Un jugador inicia el juego lanzando un balón hacia
el otro equipo con el objetivo de que, pasando por encima de
la red, bote en el campo contrario. Si eso sucede, el jugador
obtiene el título de rey aunque sigue jugando en su campo; en
caso contrario, el jugador del otro equipo que logró atrapar
la pelota, impidiendo que botara en su campo, la lanza por encima
de la red hacia el otro lado con el objetivo ya descrito. Esta
fase del juego finaliza cuando seis personas, independientemente
de su equipo de origen, obtienen el título de rey; entonces,
los seis se colocan en el campo de los reyes y el resto pasa
al campo de los vasallos. Un equipo ganará cuando seis reyes
consigan renovar su título de forma consecutiva. El análisis
de esta actividad nos muestra cómo las posibilidades de que
las mismas seis personas consigan repetir en su campo son reducidas
aunque, en principio, no imposibles. Al igual que en el caso
anterior, este tipo de actividades suelen ser planificadas por
los docentes en contextos educativos para promover una práctica
más racional de las actividades competitivas.
-
Actividades
cooperativas sin cooperación. Son actividades de estructura
cooperativa donde se dan situaciones de oposición o de desarrollo
individual. Imaginemos un juego en el cual delimitamos un espacio
amplio y lo llenamos de objetos de desecho variados: latas,
vasitos de yogurt, botes de suavizante, botellas de leche...
Hacemos saber a los participantes que es un lago contaminado
que deben limpiar. Como está tan contaminado, nadie puede pisarlo
por lo que para sacar los objetos depositados en él utilizarán
balones que deberán lanzar desde las orillas. El objetivo del
grupo es limpiar el lago en un tiempo determinado. Esta actividad
de estructura cooperativa puede generar una situación cooperativa
en la que todos colaboren para limpiar el lago en el menor tiempo
posible, pasándose los balones e incluso repartiendo tareas
en función de la habilidad de cada uno, pero podrían generarse
situaciones en que los jugadores lucharan entre ellos por tener
un balón o, llevado al extremo, podría suceder que dos jugadores
se encargaran de hacer todo el trabajo y el resto permaneciera
cruzado de brazos.
-
Actividades
de estructura compartida. Son actividades que estructuralmente
pueden ser, al mismo tiempo, competitivas y cooperativas. Un
ejemplo: imaginemos un grupo de 11 personas cada una de las
cuales está sobre en una silla y tiene una cartulina con una
letra escrita en ella. A todas ellas les decimos: “van a tratar
de formar palabras, pero no pueden tocar el suelo. El objetivo
es estar en el grupo que forme la palabra más larga”. Imaginemos
que las letras que tienen son las siguientes: c, n, o, o, i,
c, o, p, r, a, e. Tal vez formen la palabra “operación”, y todas
esas personas ganen, mientras que dos personas, con las letras
o y c, pierdan. En este caso, la actividad es competitiva. Sin
embargo puede resultar que el grupo forme la palabra “cooperación”,
de forma que todos cumplan el objetivo previsto; nadie, por
tanto, pierde. En este caso, la actividad es cooperativa. Para
que una actividad tenga estructura compartida se deben dar dos
condiciones: a) que las personas o grupos desarrollan
la misma actividad, al mismo tiempo y compartiendo el mismo
espacio físico, y b) que las personas o grupos no disponen
de los recursos necesarios para alcanzar el objetivo propuesto,
ya sean recursos materiales, personales, de información, etcétera.
Ante esta situación se puede optar por compartir recursos con
los demás o por competir por dichos recursos.
Introduciendo actividades no competitivas en las clases de educación física.
Situaciones problemáticas en la práctica
La distinción entre estructura y situación nos permite identificar y comprender
el porqué de algunas conductas que surgen en nuestras clases. Nuestro
primer objetivo será favorecer una serie de condiciones para evitar
que actividades con estructura no competitiva den lugar a situaciones
competitivas. En este sentido, el primer paso será identificar qué
condicionantes provocan respuestas inadecuadas por parte de los
alumnos en relación con la estructura de la actividad. Así, por
ejemplo, podemos analizar si existen relaciones entre la respuesta
competitiva de los alumnos y el tipo de los agrupamientos, los espacios
o los materiales utilizados en el desarrollo de cierta actividad,
determinando el tipo de problemas que pueden surgir en la práctica
y sugiriendo unas posibles respuestas orientadas a subsanarlos.
Agrupamientos
-
La disposición
en filas paralelas de grupos de igual número de integrantes
para la realización de actividades individuales, por ejemplo,
botar un balón hasta una pica, volver y entregárselo al siguiente
compañero para que repita la acción, puede inducir a carreras
de relevos. El motivo es sencillo: este tipo de disposición
es habitualmente empleado por los docentes para realizar carreras
de relevos, así que, con base en sus experiencias previas, los
alumnos tienden a asociar la actividad con una carrera aun cuando
el profesor indique que se trata de un simple ejercicio individual
que, uno tras otro, todos deben realizar. Como solución proponemos
la realización de este tipo de actividades en grupos desiguales
u orientar los grupos en distintos sentidos.
-
Grupos iguales
realizando la misma tarea en espacios diferentes, aunque manteniendo
contacto visual entre ellos, puede inducir a que compitan por
ver quién termina la actividad antes. De nuevo hay que pensar
en cuál es la experiencia que los alumnos tienen en la escuela.
Habitualmente en las clases el docente plantea uno o varios
ejercicios y anima al grupo con frases como “¡a ver quién termina
antes!”. Parece lógico que aun cuando el profesor no anime al
grupo a realizar la tarea velozmente los alumnos interpreten
que el objetivo es finalizar antes que el otro grupo. Como soluciones
proponemos:
–
Grupos desiguales en número, o incluso en recursos disponibles,
evitando así posibles comparaciones.
–
Diferentes tareas en función de cómo resuelven los problemas presentados
en cada grupo. Así, puede comenzarse jugando con reglas comunes
y, en función de la respuesta de los grupos, las reglas se irían
diferenciando en las siguientes actividades. Esto hace que los alumnos
perciban que lo que valora el profesor no es la rapidez en la ejecución
sino la eficacia de la misma y la aparición de una serie de conductas,
por ejemplo, de cooperación, de ayuda, de ánimo, entre otros.
–
Diferentes niveles de dificultad en la tarea, de forma que sea el
grupo el que decida en qué nivel quiere desarrollar la tarea. Por
ejemplo, en los circuitos de orientación el nivel de dificultad
puede estar en función del número de elementos impresos en el plano.
–
Rotación de tareas en lugar de realización simultánea. Cada grupo
realiza una tarea distinta y al cabo de un tiempo rotan en la tarea.
- Cambios constantes
de pareja o de rol a lo largo de la actividad no parecen determinar
conductas competitivas. Si se desarrollan rápidamente parecen
favorecer la eliminación de las manifestaciones de rechazo. Ahora
bien, para eliminar la discriminación, no basta con que dos o
más personas se pongan juntas durante un cierto tiempo, es necesario
que trabajen juntas para alcanzar un objetivo común.
Materiales
y espacios
-
Algunos
materiales, como los balones, tienden a relacionarse con estructuras
de juego competitivas; ahora bien, parece necesaria la combinación
de otras variables como son la existencia de grupos iguales
en número, de relaciones de oposición entre las acciones de
los grupos o de un determinado espacio, por ejemplo, una cancha
deportiva.
-
Materiales
alternativos (paracaídas, material de desecho...) o la utilización
de materiales de la vida cotidiana, como toallas, parecen promover
conductas cooperativas o competitivas en función de la primera
experiencia que los alumnos tengan con ellos. En algunos casos,
dada la inexistencia de habilidades previas, favorecen el protagonismo
de personas que habitualmente no lo tienen.
-
La utilización
de canastas, porterías o de materiales relacionados con actividades
deportivas parece derivar, en un primer momento, a conductas
competitivas. En algunos casos incluso es frecuente que las
personas con mayores destrezas acaparen todo el protagonismo
del juego. En cualquier caso, parece interesante promover un
enfrentamiento conceptual entre las ideas previas de los alumnos
y nuevas propuestas orientadas a desvincular el resultado de
la propia acción de jugar. En el siguiente apartado el lector
podrá encontrar algunas propuestas para conseguirlo.
De todo el análisis anterior queremos insistir en las interrelaciones existentes
entre la actividad propuesta, el tipo de agrupamiento, el material
necesario, el espacio utilizado y, sobre todo, las experiencias
previas de los alumnos según las distintas variables. Así, por
ejemplo, es frecuente que parte de los alumnos perciban como competitivo
el juego de las sillas cooperativas (donde se retiran sillas en
vez de personas, con lo que el objetivo del grupo es sentarse en
el menor número de sillas posible), aun cuando se hayan definido
claramente sus reglas. Una anécdota que ilustra perfectamente esto
que digo me la contó mi amigo Fabio Otuzi Brotto quien, cuando se
iniciaba en los juegos cooperativos, se encontró con la desagradable
sorpresa de ver cómo niños y adultos se empujaban y competían tratando
de sentarse en las sillas, sin percibir la posibilidad de compartir
el asiento y cooperar para vencer juntos, a pesar de que las reglas
del juego habían sido explicadas muy claramente.
Observamos entonces cómo el factor fundamental no es tanto el material, el agrupamiento
o el espacio, sino las experiencias previas de los y las participantes
respecto a dichas variables y, sobre todo, al tipo de actividades
realizadas con dichas variables. Así, grupos que han desarrollado
procesos de inmersión cooperativa durante un tiempo más o menos
prolongado, es decir, grupos habituados a cooperar, difícilmente
manifiestan conductas competitivas o individuales con independencia
de cuál sea el tipo de material, agrupamiento o espacio necesarios
para el desarrollo de la actividad en cuestión. Por el contrario,
grupos acostumbrados al trabajo con actividades con estructura competitiva
tienden a generar, en un primer momento, situaciones competitivas
aún cuando la estructura de la actividad no lo sea.
En este sentido, volviendo al ejemplo del juego del lago contaminado explicado
en el apartado anterior, personas habituadas a competir, ya sea
dentro de las clases de educación física o en actividades deportivas
extraescolares, que normalmente destacan en el desarrollo de este
tipo de actividades competitivas, son las que con mayor facilidad
manifiestan inicialmente conductas de pugna con los compañeros por
un balón, de reclamo de protagonismo individual, etcétera. En estos
casos resulta útil la introducción de nuevas reglas que obliguen
a una interdependencia positiva entre las acciones de todos los
participantes, como hacer que una persona sólo pueda lanzar un balón
contra algún objeto del lago si dicho balón se lo ha pasado otra
persona.
Otro elemento fundamental a la hora de introducir programas de actividad cooperativa
a grupos habituados a trabajar individual o competitivamente es
el tratamiento del error. Imaginemos una actividad en la
que delimitamos un espacio trazando una circunferencia en el suelo
dentro de la cual disponemos de una gran cantidad de bolos, todos
del mismo color excepto uno. Permitimos que el grupo se distribuya
libremente por el exterior de la circunferencia y repartimos varios
balones. Proponemos que el objetivo del juego sea derribar todos
los bolos iguales dejando en pie el bolo de distinto color, indicando
además que cada participante ha de derribar, al menos, un bolo.
La actividad tiene una estructura claramente cooperativa, con compatibilidad
de meta, sin oposición entre las acciones de los participantes y,
además, con interdependencia positiva ya que es necesaria la colaboración
de todos para alcanzar el objetivo grupal. Imaginemos que alguien,
por error, derriba el bolo de distinto color. En grupos habituados
a competir la situación puede generar manifestaciones de rechazo
hacia la persona que, accidentalmente, derribó el bolo equivocado.
Nuestra experiencia personal nos permite afirmar que, por el contrario,
en grupos que han trabajado en procesos cooperativos prolongados
en el tiempo, la situación es otra muy distinta en la que se apoya
a la persona que erró y se pide, a veces insistentemente, la repetición
de la actividad. Nuevamente las experiencias previas de los alumnos
son el factor determinante, y no otro, al generar una situación
cooperativa.
Algunas propuestas prácticas para evitar que, en procesos iniciales, estructuras
cooperativas degeneren en situaciones como la descrita, pasan por
compartir el error, por ejemplo, introduciendo varios bolos
de distinto color o tamaño. El juego sólo terminará si todos los
bolos distintos son derribados. Aumenta así la probabilidad de éxito
y, si éste no aconteciera, la responsabilidad del fracaso, por así
decirlo, no dependería de una sola persona. Otra posibilidad es
la de introducir una penalización que no suponga la finalización
del juego, por ejemplo, si cae el bolo equivocado, para levantarlo
y poder seguir jugando, hay que poner en pie también cinco bolos
correctamente derribados. Una última alternativa, muy útil en algunos
casos, consiste en dar la posibilidad de enmendar el error,
es decir, introducir una prueba complementaria que debe ser superada
para, por ejemplo, volver a poner en pie el bolo derribado accidentalmente
y proseguir el juego. Es interesante que esta prueba la realice
el grupo completo o la persona que falló junto a otras elegidas
por ella. En el primer caso la prueba puede consistir en que, lanzando
una o dos veces cada jugador del grupo, se consiga derribar todos
los bolos que aún quedan en pie. El segundo caso es especialmente
significativo porque la persona que falló tiende a escoger, para
que le ayuden, a las personas que más le han reprochado por el fallo
de forma que, curiosamente, si la prueba no es superada, también
ellas serán responsables del fracaso del grupo y, lógicamente, evitarán
cualquier comentario; si, por el contrario, la prueba es superada,
también la persona que falló en principio es responsable de haber
enmendado su fallo y el juego seguirá en buenos términos.
Sintetizando todo lo dicho en este apartado, volvemos a subrayar la importancia
de las experiencias previas de los participantes en el momento en
que actividades con estructura cooperativa generen situaciones de
juego competitivo. Es necesario, por tanto, tener en cuenta las
posibles situaciones que pueden generarse en los procesos iniciales
de introducción de programas de actividad física cooperativa con
nuestros alumnos, comprender el porqué de estas situaciones y estar
capacitados para dar respuestas inmediatas que nos permitan avanzar
en el proceso.
Transformando actividades competitivas en cooperativas desde la práctica
Si nuestro objetivo en el caso de las actividades de estructura cooperativa es
hacer coincidir dicha estructura con situaciones cooperativas, en
el caso de actividades con estructura competitiva el planteamiento
es conseguir que estructura y situación no coincidan; es decir,
que estructuras competitivas generen, en lo posible, situaciones
no competitivas en las que la actividad esté por encima del resultado,
en otras palabras, donde lo importante sea realmente participar.
Ya hemos visto que las experiencias previas juegan un papel fundamental al determinar
la situación de una actividad, ya sea ésta competitiva o no competitiva.
Habitualmente, las experiencias previas de nuestros alumnos son
competitivas. Desde nuestro punto de vista, el objetivo que nos
planteemos no debe ser eliminar la competición sino, por una parte,
generar alternativas a esa competición mediante la presentación
y la práctica de nuevas actividades con estructura cooperativa y,
por otra, racionalizar los procesos competitivos con el fin de primar
la actividad física y lo que ella significa: medio de relación interpersonal,
ocupación saludable del tiempo de ocio..., por encima del resultado.
En este sentido, podemos favorecer estos dos objetivos:
•
Promoviendo la participación. Favoreciendo que todos los
jugadores participen realmente en el juego. No basta con que ocupen
un espacio sino que su participación sea activa, con independencia
de sus habilidades y destrezas. Algunas propuestas para conseguirlo
son:
–
Introducir un mayor número de móviles. Más balones, por ejemplo,
significa una mayor posibilidad de que las personas con menor capacidad
puedan tocarlos y no sólo, como sucede en algunos casos, verlos
pasar.
–
Reducir el tamaño de los grupos. Como en el caso anterior,
al disminuir el número de personas aumenta la posibilidad de participar
activamente.
–
Aplicar dificultades compensatorias. Se trata de dificultar
la acción de las personas que han anotado. Un ejemplo: supongamos
un partido de basquetbol en una sola canasta, donde el que anota
una canasta puede seguir jugando, pero sólo puede botar el balón
con su mano no dominante y cuando anota una segunda canasta se transforma
en estatua, es decir, sigue jugando pero no puede moverse. El objetivo
de cada grupo es conseguir transformar en estatuas a todos sus componentes.
–
Delimitar espacios de actuación para los jugadores. El terreno
de juego se divide en parcelas, cada una es ocupada por uno o dos
jugadores de cada equipo. La pelota no puede pasar de una parcela
a otra no limítrofe.
–
Introducir la regla del “todos tocan”. Para que un
tanto sea válido, todos los jugadores de un equipo deben haber tocado
la pelota, al menos, una vez.
–
Variar el sistema de puntuación. Aplicable en juegos de invasión
donde no resulte demasiado difícil anotar. Imaginemos que proponemos
un partido de basquetbol donde la puntuación del equipo no es la
suma de los puntos de los jugadores de éste, sino de los del jugador
del equipo que menos puntos lleve. Si en un equipo sus jugadores
han anotado 23, 45, 87, 99 y 4 puntos respectivamente, su puntuación
sería 4. Si en el otro equipo sus jugadores han anotado 8, 6, 8,
6, y 6 puntos respectivamente, su puntuación sería 6.
|