Los griegos fueron quienes otorgaron al cuerpo
y al espíritu una atención diferenciada; la idea platónica de
que el cuerpo era la cárcel del alma manifestaba la concepción
que sobre el ser humano tenían, dividiendo a éste en dos entes
distintos y antagónicos, aislados uno del otro: cuerpo y alma.
La concepción dualista que permeó el pensamiento griego se
mantuvo en la cultura helenista, en el Imperio Romano y durante
toda la Edad Media, hasta el Renacimiento. Con la Ilustración
y la Revolución Científica del siglo xviii
la concepción dualista adquirió otro sentido, al concebir una
dualidad mente-cuerpo sustentada en una explicación mecanicista,
que concebía al cuerpo como sustancia extensa y al alma como
sustancia pensante. Desde la perspectiva mecanicista el cuerpo
se veía como una masa constituida por un conjunto de huesos
articulados entre sí, que junto con las vísceras y los músculos
recubiertos por un ropaje exterior llamado piel, cubre y protege
a toda la masa, y se le comparaba con las máquinas de combustión.
En el siglo xix,
con el surgimiento de los sistemas gimnásticos escolarizados,
la educación del cuerpo se realiza de forma sistemática, aunque
su sentido se limita a una serie de ejercicios de carácter artificial
y analítico, donde el docente sometía al alumno a una vigilancia
escrupulosa y disciplinada, dedicándose exclusivamente al cuidado
en la realización coordinada de los ejercicios, marginando la
atención a las características fisiológicas y posibilidades
físicas de los niños. La educación corporal fundada en esta
concepción se vería modificada debido al desarrollo que tuvieron
las ciencias avocadas al estudio de los aspectos psíquicos y
biológicos del ser humano, en particular de la fisiología, cuyos
descubrimientos sobre el funcionamiento del organismo permitieron
superar la idea de que la preparación física radicaba en una
combinación de movimientos aislados.
A partir de las nuevas concepciones sobre
el funcionamiento orgánico del cuerpo, la práctica de la educación
física se transformó, de una sucesión de movimientos parciales,
estructuralmente determinados, artificiales y mecanizados, y
sometidos además a técnicas que limitaban el desarrollo físico
del individuo, a una práctica volcada por entero a la funcionalidad
del organismo.[1]
Este vuelco en la interpretación de la educación
del cuerpo trajo como consecuencia que el énfasis didáctico
de los sistemas gimnásticos, concretado en la regulación de
una movilidad visible
y puramente fragmentaria, se cambiara por una visión donde
se concebía al cuerpo del niño no sólo como un armazón de tejido
y hueso, sino como una estructura corporal en acción, en la
que las interrelaciones entre los diversos órganos internos
eran determinantes para la comprensión de los efectos que los
ejercicios físicos tenían para el desarrollo integral del individuo.[2]
La anterior interpretación sobre el cuerpo
constituyó una primera aproximación a una concepción corporal,
donde el funcionamiento orgánico del niño, y no el ejercicio,
se convirtió en el centro de atención del maestro y, por tanto,
en el objeto central de la pedagogía.[3]
En
ese mismo siglo, el deporte escolar surgió como otra tendencia
de la educación física escolarizada; su propósito, además del
desarrollo corporal, era la formación del carácter y el desarrollo
de valores; sin embargo, al igual que los sistemas gimnásticos,
su aporte educativo fue incompleto al centrar su finalidad sólo
en el rendimiento del escolar y en la valoración del alumno
a través de la constante superación de pruebas como muestra
de su aprovechamiento.[4]
La educación física
que se practicó desde el siglo xix
hasta la década de 1960, se concretó en el movimiento gimnástico
y el deporte escolar, ambas tendencias fueron una prolongación
de la manifestación dualista del cuerpo que, aunque lo educaban,
omitían otros aspectos, como los psíquicos, afectivos y sociales,
situación que generó que en la enseñanza de la educación física
no se contemplaran esas dimensiones.
Los planteamientos concernientes a que la
educación física atendiera al cuerpo en su totalidad, como unidad
única e indivisible, y sobre la función del movimiento en la
educación, tuvieron sus primeras manifestaciones desde principios
del siglo xx.
Sobre el desarrollo de dichos planteamientos, el estudio de
Josefa Lora Risco “Las fuentes de la educación corporal”[5]
es muy ilustrativo.
En ese texto, la autora explica que los planteamientos sobre
el movimiento corporal fueron expuestos desde 1905 por Dupré,
y se constituyeron en el punto de partida de las reflexiones
sobre el concepto de psicomotricidad, conformando una etapa
inicial (basada en un enfoque de la reeducación, a través de
la terapia del movimiento) que pretendía la acción educativa
integral del niño deficiente, minusválido, retrasado, o bien
del niño “normal”. En ese ensayo señala que
entre los precursores provenientes de diversos ámbitos se encontraban
Seguín, Montessori, Decroly, Wallon, Piaget y J. de Ajuriaguerra,
y entre los realizadores menciona a Pierre Vayer, Le Boulch,
Lapierre y Aucoutourier.[6]
Además de los anteriores, existieron otros teóricos, como José
Ma. Cagigal, Santiago Coca, Ommo Grupe, Josefa Lora y el mismo
Le Boulch, que realizaron planteamientos pedagógicos sobre la
corporeidad y la función del cuerpo, y el movimiento en la educación.
Cagigal, en “Bases antropofilosóficas para
una educación física”,[7] define al cuerpo
y al movimiento como las dos grandes realidades antropológicas
consideradas como puntos de partida para identificar la cultura
física. En cuanto al cuerpo, menciona que los seres humanos
conocen al mundo a partir de una entidad corporal; esto es,
que “el hombre seguirá viviendo toda su existencia no sólo en
el cuerpo, sino con
el cuerpo y en alguna manera desde el cuerpo, a través del cuerpo y para
el cuerpo”, aspectos que conforman su esquema teórico para una
base antropológica de la educación física que no sólo considera
el adiestramiento del cuerpo, sino que concibe al ser humano
como un ser total, único e indivisible, que manifiesta esta
unidad a través de conocimientos, afectos, relaciones, motivaciones,
actitudes, valores y por una herencia familiar y cultural.
En cuanto al movimiento, Cagigal expresa que el cuerpo del
hombre está capacitado y hecho para moverse, que el movimiento
es una de las primeras providencias del ser humano y que, gracias
a él, aprende a estar en el espacio, siendo esta exploración
una de las grandes aventuras del ser humano desde su primera
infancia.
En Cagigal, el cuerpo y el movimiento son realidades antropológicas
que constituyen en la actualidad la base para una práctica de
la educación física variable, abundante e inclusiva, que permite
la autorrealización en los desempeños de los alumnos en forma
global e inteligente para la edificación de la competencia motriz.
Los planteamientos de Santiago Coca, discípulo
de Cagigal, abordados en “El hombre corporal”,[8]
establecen al
cuerpo como un vehículo invadido de pensamiento y emotividad,
que debe ser considerado así por el educador físico en su labor
profesional, y como objeto de estudio para desarrollar su capacidad
de socialización. Aborda, además, el concepto de corporeidad,
que permite concebir al cuerpo como una forma concreta de inserción
o radicación del hombre en su mundo y base de su interacción
con los demás.
En relación con los fundamentos antropológicos
de la educación física, los aportes de Ommo Grupe, en “Los presupuestos
de la educación física”,[9] expresan la necesidad
de considerar, además del cuerpo, al juego como una “forma fundamental
de la existencia humana”.
El autor critica dos posturas que ofrecen una imagen reducida
del ser humano: en la primera, lo espiritual y anímico se considera
como una “función” de lo corporal a la que no se reconoce valor
propio; la otra no ve en el cuerpo más que un apéndice del espíritu.
En este sentido, ambas llevan a la concepción unilateral de
la educación física que “tiene consecuencias que impactan la
educación del hombre, desembocando en un distanciamiento teórico
entre cuerpo y alma que conlleva a una concepción estrecha de
la existencia humana”.
Según Grupe, la tesis que resalta lo espiritual ha influido
en la educación, privilegiando la formación intelectual e ignorando
al cuerpo en sus realizaciones y posibilidades, es decir, en
todas las manifestaciones cotidianas de su existencia, y es
aquí donde Grupe resalta la importancia de la educación física
para la humanización del sujeto.
Otras reflexiones en torno al estudio del
cuerpo se encuentran en los trabajos realizados por Josefa Lora
en “El cuerpo” y “Educación integral”.[10]
En el primero de estos textos, la autora aborda el significado
que el cuerpo del hombre tiene en su existencia y, apoyándose
en la clasificación de Gaevert, encuentra tres funciones básicas:
a) como principio
de dominio y de instrumentalidad, b)
como ser para los demás, y c)
como expresión; concluye que el cuerpo cumple una doble función
de encuentro, consigo mismo y con el mundo de los seres y de
las cosas, estableciendo así una relación de carácter eminentemente
psicosociomotor.
Josefa Lora resalta la importancia de “reivindicar los valores
corporales que durante siglos se mantuvieron en el rango de
los instintos, y dejar de pensar en el cuerpo únicamente como
objeto de adiestramiento y utilizado en beneficio de la acción
deportiva o laboral”. En su obra, analiza la relación entre
el cuerpo y la comunicación, en la cual el primero cumple una
función tónica afectiva y expresiva que es clave en el proceso
de adaptación creadora con el mundo material.
En “Educación integral”, señala que la gran preocupación del
educador ha sido alcanzar el desarrollo óptimo de todas las
potencialidades del educando: biológicas, psicológicas (intelectuales
y afectivas) y sociales, y concluye que un cuerpo adquiere su
desarrollo integral si en su educación se contemplan estas tres
dimensiones.
El significado que el cuerpo tiene en el proceso de los aprendizajes
escolares es otro de los aspectos que la autora aborda; señala
que, para que exista una educación integral, los contenidos
escolares deberán articularse partiendo de la realidad corporal
y vivencial del niño en sus aspectos biológico, social, intelectual
y afectivo, para captar de esta forma nociones y conocimientos
que superen el tradicional desequilibrio que supone el exclusivo
predominio de lo intelectual.
Uno de los autores que más exhaustivamente
escribió acerca del movimiento humano fue Jean Le Boulch, quien
criticó los métodos tradicionales de la educación física que
perpetuaban la concepción dualista y que trataban de perfeccionar,
en el menor tiempo posible, los gestos motores preestablecidos,
sin interesarse por las vivencias que pudieran surgir en el
ejecutante. En su texto “La ciencia del movimiento humano es
una ciencia específica”,[11] crítica a las
posturas que han fragmentado al cuerpo y aporta soluciones concretas
a los problemas de la utilización educativa del movimiento,
con apoyo en los avances de la biología y más específicamente
de las neurociencias.
Su método psicocinético fue un valioso aporte a una auténtica
educación psicomotriz; se apoya en una psicología unitaria de
la persona y otorga un lugar preferencial a la experiencia vivida
corporalmente. Con estos fundamentos, el proceso educativo cambió
su eje y se situó en el corazón de la experiencia infantil,
en sus necesidades e intereses, que se tradujeron en “necesidades
cinéticas espontáneas cargadas de vivencias”, transfiriéndole
al niño la capacidad de decidir, explorar y dominar las situaciones
que se le plantean.
Le Boulch identifica en todo movimiento un carácter operativo
(acción motriz) y otro expresivo; como parte de este último
considera la mímica, los gestos y las actitudes como vivencias
afectivas de la persona, en respuesta a las condiciones contextuales
y situacionales. El carácter expresivo permite al educando explorar
sus propios recursos para actuar de manera eficaz, confiada
y segura expresando su autonomía motriz.
Con este autor se cierra un ciclo en torno a los avances teóricos
sobre la corporeidad y la función del movimiento, los cuales
influyeron para construir una concepción de la educación física
que reconoce al niño como un sujeto capaz de dar sentido a su
propia acción, orientando y regulando sus movimientos y manifestando
con ello su competencia motriz.
Bibliografía básica
Cagigal, José María (1972), “Bases antropofilosóficas para
una educación física”, en Cultura
intelectual y cultura física, Buenos Aires, Kapelusz.
Le Boulch, Jean (2001), “Ciencia del movimiento humano y educación”,
en El cuerpo en la escuela
en el siglo xxi,
Barcelona, inde, pp. 135-141.
Lora Risco, Josefa (1991), “El cuerpo” y “Educación integral”,
en La educación corporal,
Barcelona, Paidotribo (Pedagogías corporales), pp. 29-47 y 67-81.
Grupe, Ommo (1976), “La relación del hombre con el cuerpo y
la fundamentación pedagógica de la educación física”, en Estudios sobre una teoría pedagógica de la educación física, Daniel
Romero (trad.), Madrid, Instituto Nacional de Educación Física,
pp. 38-48.
Bibliografía complementaria
Arnaud, Pierre (1998), “La Educación Física”, en Guy Avanzini
(comp.), La pedagogía
desde el siglo xvii
hasta nuestros días, México, fce,
pp. 223-335.
Coca, Santiago (1993), “El hombre corporal”, en El hombre deportivo, Madrid, Alianza, pp.
37-51.
Lora Risco, Josefa (1991), “Las fuentes de educación corporal”,
en La educación corporal,
Barcelona, Paidotribo (Pedagogías corporales), pp. 82-102.
Como temas de indagación, reflexión y discusión
se proponen los siguientes:
1. Las concepciones dualistas sobre el ser humano, que predominaron
en las prácticas de la educación física desde que ésta se convirtió
en asignatura escolar, influyeron para que la educación del
cuerpo se limitara a la disciplina y al adiestramiento por medio
de la ejercitación mecánica, mientras que la tarea de formar
el intelecto correspondió a los cursos de carácter teórico.
¿A qué se debe que esta concepción dualista prevaleciera durante
tanto tiempo en la concepción del sujeto y, por consecuencia,
en la enseñanza?, ¿de qué manera evolucionaron las ideas que
plantearon la crítica a esta concepción dualista? ¿Cómo influyó
la concepción fragmentada del ser humano en la valoración social
que se otorgó a la educación física dentro de los sistemas educativos
y qué lugar le dio el maestro de grupo dentro del ámbito escolar?,
¿qué reminiscencias de estas concepciones se encuentran actualmente
en las escuelas y en qué tipos de prácticas se expresan en la
educación básica?
2. La propuesta de reorientación de la educación física en
educación básica considera prioritaria la integración de la
corporeidad como base del aprendizaje en esta disciplina y reivindica
el conocimiento del propio cuerpo como una unidad que integra
procesos cognitivos, afectivos y valorales, además de los biológicos
y físicos. Esta propuesta implica repensar las finalidades y
las formas de enseñanza de la educación física para dar respuesta
a la educación de un ser total, atendiendo con ello su formación
integral que lo dota de una identidad corporal. De acuerdo con
este principio, ¿qué importancia tiene para niños y adolescentes
que en la educación física se considere el estilo propio en
la motricidad de cada individuo?, ¿de qué manera los planteamientos
que sobre corporeidad realizaron Cagigal, Coca, Grupe y Lora
contribuyen a la comprensión de la responsabilidad que tiene
el educador físico sobre la educación del cuerpo del niño y
del adolescente?, ¿de qué manera dicha responsabilidad se concreta
en prácticas y estrategias diversas, para atender con equidad
a la necesidad de movimiento de los alumnos?
3. Considerar al movimiento como medio y objeto que se encuentra
vinculado a necesidades operativas y de expresión o gestuales,
implica comprender al movimiento humano en su doble función:
instrumental-operativa y simbólica. Esta comprensión permite
establecer un principio metodológico en la educación y en especial
en la educación física, para promover el desarrollo de la persona
en su totalidad y unidad respetando sus propios ritmos y, desde
esa posición, favorecer el conocimiento a través de la interacción
con su entorno y con los demás, y la reflexión sobre sus acciones
motrices. En la enseñanza de la educación física, ¿qué papel
corresponde desempeñar al docente para promover en los alumnos
la autonomía en sus acciones motrices?, ¿hasta dónde es permisible
la libertad en la exploración del movimiento de los alumnos
al resolver un problema motor y bajo qué criterios deberá encauzarla
el docente?, ¿cuál es la importancia de generar espacios para
la reflexión acerca del movimiento y de su sentido al resolver
problemas de carácter motor?
André Rauch, El cuerpo en la educación física, Buenos
Aires, Kapelusz, 1985.
“Una mayor atención subraya la intensidad y duración de los
esfuerzos, su alternancia con fases de reposo, su progresión
a lo largo de la sesión y la graduación de su intensidad a medida
que éstas se sucedan”, André Rauch, op. cit. 
Los planteamientos
que superaron la concepción dualista que separaba al cuerpo
de la mente fueron de Jean Le Boulch, quien concibió el concepto
de unidad indivisible del hombre: cuerpo, mente y afectos en
íntima y permanente interacción, con lo que provocó la gran
revolución copernicana respecto a la educación física. 
Cfr. Tema ii.
La relación entre educación física y deporte. El deporte escolar
en la enseñanza de la educación física, de este mismo programa.
En Josefa Lora Risco, La educación corporal, Barcelona,
Paidotribo (Pedagogías corporales), 1991, pp. 83-102. 
La relación de Lora hace alusión únicamente a los aportes
que llevaron a consolidar a la psicomotricidad como una tendencia
de la educación física escolarizada, por lo que los planteamientos
de otros autores no son considerados en su obra. 
José María Cagigal,
Cultura intelectual y cultura física, Buenos Aires, 1979.
Santiago Coca, El hombre deportivo, Madrid, Alianza,
1993, pp. 37-51. 
Ommo Grupe, Estudios sobre una teoría pedagógica de la
educación física, Daniel Romero (trad.), Madrid, Instituto
Nacional de Educación Física, 1976, pp. 35-50. 
Josefa Lora Risco, La educación corporal, Barcelona,
Paidotribo (Pedagogías corporales), 1991, pp. 29-41 y 67-81.
Jean Le Boulch, El cuerpo en la escuela en el siglo
xxi, Barcelona, inde, 2001. 