Plan
de Estudios, Licenciatura en Educación Secundaria /
Orientaciones
académicas para las especialidades
/
Campo
de formación específica. Especialidad:
Formación Cívica y Ética
/
1.
La formación cívica y ética en la escuela secundaria: propósitos y
prácticas educativas.
Los cambios curriculares han obedecido a la necesidad de fortalecer
la formación de valores y actitudes en los estudiantes de la escuela
secundaria que los doten de bases firmes para participar de manera
responsable, crítica y creativa en las múltiples situaciones de
la vida cotidiana y, en particular, en la vida democrática.
Estas finalidades -derivadas directamente del Artículo Tercero
constitucional- han sido parte del discurso educativo y de los sucesivos
planes y programas de estudio de la educación básica; el origen
de la escuela pública –en el último tercio del siglo XIX– obedeció
no sólo a la necesidad de difundir los conocimientos básicos sino
también a la de formar a los nuevos ciudadanos que requería la consolidación
de la República. En la historia de nuestro país la escuela ha contribuido
a la formación de valores como la justicia, la tolerancia, el patriotismo,
entre otros, por el hecho mismo de su existencia como espacio civilizado
de convivencia –donde concurren niñas y niños independientemente
de su origen étnico, posición social o creencias religiosas– y mediante
el logro de otros propósitos como la difusión de la lectura, el
conocimiento de la geografía o de la historia. Además de esta contribución
general siempre ha existido un espacio curricular dedicado a la
reflexión y conocimiento de los rasgos de la organización política
de México, de los derechos y deberes de los ciudadanos, así como
de los mecanismos para su protección, y se han promovido la formación
de valores tales como el respeto a la dignidad de la persona, la
solidaridad, la participación responsable, la identidad nacional,
entre otros.
Sin embargo, al paso del tiempo, la formación de valores éticos
y cívicos como tarea de la escuela se diluyó en forma notable y,
con frecuencia, se ha reducido a la realización de rituales cívicos
o al estudio excesivamente formalizado de los derechos y deberes
de los ciudadanos y de la organización político-administrativa de
nuestro país; en resumen, se simplificaron sus propósitos y se debilitó
su carácter formativo e intencionado.
Esta situación obedece a diversos factores, tanto los que se
derivan de la organización y funcionamiento de la escuela como los
que refieren a la orientación de los estudios y la práctica educativa.
Los factores internos son, por lo menos, de dos tipos:
a) Los relacionados con la organización del trabajo
académico de la educación secundaria, establecida desde hace varias
décadas, y que rige a todos los planteles (como la organización
de los contenidos en disciplinas y el número de asignaturas, el
tiempo asignado a cada clase, el número de grupos que un maestro
atiende, las normas y prácticas de evaluación, entre otros). Así,
por ejemplo, el ritmo de trabajo de un profesor de educación secundaria,
muchas veces, impide establecer un contacto real y un diálogo
con los alumnos más allá de la clase y, por lo tanto, muchos temas
y preocupaciones vitales de los adolescentes son ignorados en
el trabajo escolar
b) Los que se derivan de la dinámica interna de cada
escuela: las formas en las que se ejercen las responsabilidades
laboral-profesionales, las formas de enseñanza y evaluación, las
normas –explícitas e implícitas- que rigen las relaciones entre
maestros, directivos y alumnos, las conductas de alumnos y personal
docente que son alentadas, permitidas y prohibidas, la relación
entre la escuela y las madres y los padres de familia, etcétera.
Estos factores ejercen una influencia decisiva en los resultados
educativos que los alumnos de cada escuela obtienen en cualquiera
de los campos disciplinarios que estudian; pero, indudablemente,
su influencia es mayor en el campo de la formación de valores y
actitudes. Es un hecho que, cuando no existen metas y valores asumidos
por todo el personal docente y directivo de una escuela y, sobre
todo, prácticas congruentes (en las formas de enseñanza, en los
estilos de relación con los estudiantes, en las formas de concebir
y presentar el conocimiento, etcétera) los alumnos están expuestos
a mensajes diferentes o, más aún, contradictorios entre sí.
Otro factor fundamental en este proceso de debilitamiento de
la formación ética y cívica lo constituye la organización de los
estudios y su orientación “juridicista”, es decir, orientada, en
forma casi exclusiva, al estudio excesivamente formalizado de la
legislación vigente y de la organización del Estado mexicano, mediante
la exposición didáctica y sin establecer vínculos con los problemas
cotidianos de los adolescentes o con situaciones sociales de las
que se enteran o participan; es decir, se ha privilegiado el ámbito
cognoscitivo en detrimento de la reflexión ética y la formación
de actitudes. El establecimiento del área de ciencias sociales,
que dio lugar a una yuxtaposición de objetivos específicos y contenidos
de diversas disciplinas ha sido un factor más en este proceso.
Los problemas sociales actuales, el surgimiento de signos de
descomposición social en distintos sectores de la población, así
como la necesidad de fortalecer la vigencia de los derechos humanos,
el respeto de la legalidad, la democracia y, en suma, la necesidad
de mejorar la convivencia social, hacen indispensable prestar mayor
atención a la formación cívica y ética de las nuevas generaciones.
Ciertamente, la formación de estos valores es responsabilidad
compartida de la sociedad en su conjunto, la familia y la escuela;
es decir, no es tarea exclusiva de esta institución, pero es necesario
reconocer que la influencia de la escuela en este campo es muy importante
y que es posible mejorarla radicalmente si los profesores cuentan
con las herramientas indispensables para intervenir explícitamente
en la formación ética y cívica de sus alumnos, no sólo cuando se
traten específicamente estas cuestiones o temas, sino, sobre todo,
durante el proceso mismo de enseñanza, en las relaciones cotidianas
con sus alumnos y colegas, es decir, en todos los momentos de la
vida escolar y en las relaciones con las familias de los alumnos.
Estas son, en síntesis, las principales razones que justifican
el establecimiento de una nueva orientación para la formación cívica
y para la inclusión explícita de la dimensión ética en la formación
de valores y actitudes, en los nuevos programas de educación secundaria
y en la formación inicial de los profesores que atienden este nivel
educativo.
En los nuevos programas de esta asignatura se mantienen los
objetivos y principos históricamente establecidos respecto de la
formación cívica y valoral, pero se incluyen, además, temas dedicados
a promover la reflexión ética a través de situaciones y problemas
más significativos para los adolescentes. Con esta reorientación
se pretende que los alumnos de la escuela secundaria alcancen los
siguientes propósitos:
a) Que comprendan y asuman como principios de sus acciones
y de sus relaciones con los demás, los valores que la humanidad
ha creado y consagrado como producto de su historia y que son
condiciones para una convivencia social que permita el desarrollo
pleno de mujeres y hombres: respeto y aprecio por la dignidad
humana, libertad, justicia, tolerancia, solidaridad, honestidad
y apego a la verdad, entre los más importantes. Además de ello,
tal como lo establece el Artículo Tercero es fundamental que la
educación contribuya al fortalecimiento de la identidad nacional
con conciencia del carácter pluriétnico y pluricultural de la
nación, a la conciencia democrática y a la preservación de la
soberanía nacional.
b) Que obtengan un conocimiento suficiente de las normas
que regulan la vida social, de los deberes y derechos de los mexicanos
y de los derechos humanos, así como los mecanismos y recursos
que la propia ley establece para su protección, de tal modo que
cuenten con elementos para combatir las violaciones a la legalidad,
a los derechos propios o de otros y para contribuir, de este modo,
a la vigencia del estado de derecho. En este campo se ubica el
conocimiento de las garantías individuales, los derechos sociales
y, en particular, el derecho a la participación política, lo que,
a su vez, implica la adquisición de nociones básicas acerca de
la organización del Estado Mexicano.
Para que estos grandes propósitos se logren efectivamente es
necesario que la práctica educativa en su conjunto, y no sólo en
el espacio destinado específicamente a la formación cívica y ética,
se atiendan aspectos relacionados con el desarrollo personal y con
las habilidades sociales: a) en primer lugar, la afirmación de
la identidad y la autonomía personal, incluyendo la capacidad para
valorar las capacidades propias y para conciliar sus aspiraciones
personales con las demandas que plantea y las oportunidades que
ofrece la vida social; b) en segundo lugar, el desarrollo
de habilidades y actitudes que permiten el diálogo, la comprensión
y respeto a las opiniones diferentes, incluyendo la capacidad de
“ponerse en el lugar de los otros”, y c) las capacidades
para tomar decisiones personales fundamentadas ante situaciones
que impliquen opciones de valor y para participar en la toma de
decisiones colectivas, así como para promover la solución pacífica
de los conflictos, sobre la base del respeto a la dignidad de las
personas y a sus derechos.
La consecución de estos propósitos es una tarea del conjunto
del personal docente y directivo de cada escuela secundaria; es
decir, implica que cada uno de los profesores, independientemente
de la asignatura que imparta contribuya deliberadamente a que los
alumnos alcancen estas metas. Sin embargo, para promover la articulación
de los saberes de los alumnos y la reflexión sistemática, en el
plan de estudios de la educación secundaria se destina espacio y
tiempo específico.
El logro de los fines establecidos en la asignatura de Formación
Cívica y Ética demanda una
nueva orientación de la enseñanza y prácticas educativas distintas
a las que prevalecen actualmente. Algunos de los cambios más importantes
son los siguientes:
- De una concepción que reduce
la formación cívica al estudio y aprendizaje de las normas jurídicas
y de la estructura política del Estado Mexicano a la inclusión
de la formación de valores personales firmes, la autonomía moral,
basada en la asunción reflexiva de normas de convivencia basadas
en la responsabilidad, el respeto y la tolerancia, como metas
fundamentales de la formación ciudadana.
- De una forma de trabajo que
limita el aprendizaje a la recepción de información y al aprendizaje
de conceptos jurídicos o éticos, frecuentemente descontextualizados,
al planteamiento de estrategias y actividades que permitan a los
alumnos desarrollar su capacidad de reflexión ética y de análisis
de los procesos sociales, así como establecer relación entre estos
conocimientos y su vida personal y de la comunidad en la que vive.
- De la exposición didáctica como
forma principal de enseñanza a la diversificación de estrategias
y actividades de enseñanza que plantee a los alumnos desafíos
intelectuales tomando en cuenta sus intereses y capacidades, y
que demuestre mediante la práctica la función de los valores y
normas vigentes, sus posibilidades de transformación y la importancia
de la participación.
- De una enseñanza predominantemente
basada en la secuencia de un libro de texto, a una enseñanza que
aproveche los intereses de los alumnos y que emplee las múltiples
fuentes y motivos de estudio y reflexión que se desprenden de
la vida escolar cotidiana, los hechos sociales y los medios de
comunicación.
- De una concepción y práctica
de evaluación dedicada a medir la información que los alumnos
retienen al final de una unidad de trabajo o un curso al establecimiento
de prácticas variadas de evaluación que permitan valorar la comprensión
y el desarrollo de habilidades y actitudes a lo largo del proceso
de aprendizaje.
- De una enseñanza dirigida a
un grupo homogéneo a una que toma en cuenta las diferencias individuales
y las necesidades de apoyo y atención de los alumnos con mayores
dificultades en el aprendizaje.
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